Por Fernando Mires / Tomado de TAL CUAL
El año 2018 comenzó pésimo y terminó peor en Venezuela.
No me refiero solo a las elecciones presidenciales
obsequiadas por la oposición a Maduro el 20-M, ni siquiera a la capitulación
abstencionista que nuevamente y de modo radicalmente suicida ha cometido la
oposición en contra de sí misma, el 9-D. Me refiero al hecho objetivo de
que toda la oposición -o lo que queda de ella- se encuentra viviendo,
gracias a los descarrilamientos de sus partidos, en un avanzado proceso de
descomposición. ¿Qué mejor regalo pudo recibir un régimen dictatorial y/o
autoritario en vísperas de navidad?
Hoy ni siquiera podemos hablar de “las oposiciones” como
acostumbraba escribir un destacado opinador. Hoy solo existen voces
destempladas, reclamos aislados, amenazas con una fuerza que nadie tiene,
esperanzas infundadas en redenciones externas, interminables -y aburridas-
exhortaciones tuiteras, lacrimosos llamados a la unidad en un frente de amigos
donde dos honorables sacerdotes lanzan consignas radicales producidas por su
incontrolada imaginación. Y los que pudieron haber sido líderes, abocados en un
piadoso trabajo social, llevando samaritano consuelo a los pobres e invocando
por un destino mejor. Anomia política, llamó Enrique Ochoa Antich
con pertinencia al actual orden (o desorden) de cosas. El término, desde el
punto de vista político, no pudo ser más apropiado.
Anomia. Concepto utilizado por Emile Durkheim en su libro Le
Suicide(París, 1897) mantiene su vigencia en la sociología al designar a
ordenes sociales desarticulados con respecto a normas y leyes
El término ha recobrado importancia como consecuencia de la
ya larga transición que se da entre el descenso del periodo industrial y el
auge de modos digitales de producción en los países de más alto desarrollo
económico. Como toda transición, el nombrado periodo produce desarticulaciones
personales, pérdidas de identidad social y por cierto, desocupación laboral.
El concepto de anomia fue recogido por Robert K. Merton en su
libro Social Theorie and Social Structure (New York 1964) y
llevado hacia el campo de la psicología individual. Generalmente se usa como
sinónimo de disociación del ser con respecto al mundo real, por una
suplantación de lo existente por lo simbólico y por la desviación de los deseos
hacia objetos no equivalentes. Tales características llevadas al ámbito de lo político
designan a movimientos o partidos cuando pierden relación con su contorno
social y se transforman en entidades las que, igual que los individuos
disociados, tienden a sostener su vida sobre la base de rituales destinados a
mantener la unidad ficticia entre sus miembros.
En su forma más avanzada, la anomia – y este parece ser el
caso de la oposición venezolana- lleva a la disociación de la política entre y
dentro de sus representaciones. Esta es la razón que explica por qué, bajo el
influjo anómico, la unidad entre los partidos es casi una imposibilidad. La
superación de la condición anómica solo puede ser alcanzada, en consecuencias,
mediante un proceso de recuperación de la política. No hay otra alternativa.
¿Cuándo los partidos de la oposición venezolana extraviaron
su política? Difícil decirlo. Tanto en la psicología individual como en la
social, el concepto de “trauma determinante” ha entrado en desuso. Cuando más
pertenece a la literatura y a la cinematografía del siglo XX. Sin embargo, hay
hechos que para un historiador han de ser más significativos que otros. Más
todavía si se tiene en cuenta que el extravío político no solo es
propio al inestable comportamiento de los partidos (2002 y 2005) sino,
además, ha sido inducido por el propio gobierno. Maduro, conocedor de la
oposición, ha tendido trampas a los partidos y estos han caído en ellas uno por
uno. Como conejos.
Una trampa, quizás la más decisiva, fue la instalada el 30 de
Julio por Maduro, en respuesta a la consulta popular inoficial y no vinculante
del 16 de Julio realizada por la oposición en el punto más alto de las
protestas del 2017. Consulta a la que la oposición pretendió dar un
carácter simbólico pero a la vez insurreccional en la medida en que desconocía
al TSJ y a la CNE. El de Maduro fue sin duda un megafraude, pero a la vez una
respuesta maestra (en sentido dictatorial) al 16-J, fecha que adquirió para los
sectores extremos de la oposición un carácter no solo vinculante, sino, además,
sacramental.
El megafraude del 30-J correspondió al propósito abierto del
régimen destinado a quebrar la voluntad de voto de la ciudadanía, incluyendo la
de sus propias filas.
Sin embargo, no haber sabido dirigir esfuerzos por recuperar esa voluntad en
las regionales de diciembre de 2017, fue exclusiva responsabilidad de la
oposición. Ese fue el comienzo del gran triunfo madurista: la voluntad de voto
ciudadana dejó de existir.
Lo demás es historia conocida. La MUD asistió a un diálogo en
Santo Domingo en busca de garantías electorales ¡sin siquiera tener una
candidatura! Y al no aceptar las condiciones, en lugar de hacer de sus
exigencias un magnífico programa de lucha, emprendió la retirada bajo el
pretexto de una supuesta comunidad internacional que así lo exigía. Para
decirlo en términos claros: la oposición se rindió.
Las recientes elecciones comunales fueron un simple corolario
de las presidenciales. La oposicion entregó las comunas del país a Maduro
transformando con ello a Venezuela en una inmensa Baruta. Peor todavía: entregó
al régimen las llaves para que impusiera una “democracia directa” a la
cubana: el “poder comunal”, antiguo sueño de Chávez.
Evidentemente, la MUD no entendió el significado de las
elecciones cuando estas tienen lugar bajo un régimen con pre-disposiciones
dictatoriales. Pues bajo esas condiciones, votar no solo es un deber
ciudadano. Votar es, en primer lugar, un medio de participación
política activa a través de las campañas electorales, donde es posible llenar
calles y ejercer el derecho a la protesta popular. Solo en segundo lugar
las elecciones son un medio donde es posible ganar (o perder). Y en tercer
lugar: son un medio para ejercer público reclamo post-electoral. Pues es
evidente Watson: sin elecciones no hay fraude y sin fraude no puede haber apoyo
internacional.
En los tres casos mencionados, las elecciones son un medio y
no solo un fin de acción política. Por eso siempre he señalado: quien
no participa en elecciones cuando es posible hacerlo, renuncia a la acción
política. Así lo entendieron y lo hicieron en Sudáfrica, Polonia y Chile.
Sin participación no hay elecciones y sin elecciones no hay
participación. La
abstención en cambio, bajo cualquiera condición, deslegitima no solo a las
elecciones sino, sobre todo, a la participación política de la ciudadanía.
No participar en elecciones para favorecer en función a una
(no siempre desinteresada) opinión pública internacional, es un absurdo. La opinión
internacional siempre apoyará a un sujeto político actuante Por eso hoy la
opinión pública internacional no tiene a quien apoyar. En nombre del
apoyo internacional, la oposición terminó por desactivar al propio apoyo
internacional que una vez tuvo o pareció tener.
Después de haber sido regaladas dos elecciones claves, las de
arriba y las de abajo, las presidenciales y las del pueblo comunal, cunden en
Venezuela – no podía ser de otra manera- la decepción y el desencanto. Muchos,
al no tener más esperanzas, se van del país. Quiere decir: el origen de
las más grandes migraciones que ha conocido Latinoamérica, las
venezolanas, no solo tiene un origen económico. Hay también uno político.
Al fin y al cabo nadie se va de su país cuando hay esperanzas de cambio. Y esas
esperanzas las anuló la oposición al retirarse del espacio de la acción
política.
Parece difícil que la condición anómica padecida por la
ciudadanía venezolana pueda ser superada con una simple retoma del camino
electoral. La abstención ya no es el resultado de una línea -aunque los grupos
extremistas de la oposición se la adjudiquen – sino de la desconexión
(anómica) entre pueblo y política. Puede ser posible incluso que, bajo ese
estado de decepción generalizada, aún si la oposición llamara a participar, se
encuentre con la sorpresa de que ha dejado de ser mayoría frente a una
mayoritaria abstención.
Es evidente entonces que la superación del estado anómico
requiere de algo más que un simple llamado electoral. Antes que nada es
necesario que la práctica política recupere su credibilidad pública. Pero para
que eso sea posible, los políticos deben reconocer los errores
cometidos,no como un acto de contricción religiosa, sino trazando una línea
divisoria entre una oposición dispuesta a recuperar las vías democráticas y una
secta no solo anti-electoral, sino radicalmente antipolítica.
En otras palabras: Solo puede haber unidad política sobre la
base de una ruptura con grupos y partidos que niegan a la política en nombre de
actos simbólicos orientados a satisfacer su propia subjetividad onanista
(fechas mágicas, por ejemplo). Así al menos ha ocurrido en todos los grandes
procesos de democratización. Venezuela no tiene por qué ser una excepción.
La unidad no es ni será de todos ni tampoco es y será para todos.
La recuperación de la unidad política no será por lo tanto
fácil. La condición anómica -lo hemos visto recientemente- ha penetrado al
interior de personas y partidos que en el pasado fueron reductos de centralidad
y de cordura. Eso significa que la línea divisoria no solo deberá
ser horizontal ni vertical, sino transversal.
Los bienintencionados llamados a una unidad por la unidad
solo llevan a profundizar la condición anómica de la política venezolana.
La verdadera unidad política es la que se alcanza a través de
la lucha por la hegemonía, vale decir, a través de argumentos y debates que
incitan y entusiasman a seguir a una opción y no a otra
La política, hay que aceptarlo, no es el lugar de la
hermandad sino el de los antagonismos y de las diferencias.
Por último, deseo a mis amigos venezolanos -en la medida de
lo posible- unas tranquilas navidades.
