En cada una
de las cinco defensas que hizo de su título del mundo, las mujeres enjoyadas
iban a verlo porque con él sobre el ring no había sangre ni drama, había risas
y show, y al final de cada round los hombres se abrazaban como si festejaran un
gol.
Era difícil
Nicolino. Le gustaba hablar poco y nada, más en los últimos años de su vida.
Respondía molesto, fastidiado, de compromiso. A veces, hasta daba la impresión
de que su fama inmensa, el Luna Park repleto, la idolatría más grande que haya
vivido el boxeo argentino, le resultaban ajenos. Como pertenecientes a otra
persona de su mismo nombre y apellido pero que no era él.
Ni siquiera
lo emocionaba evocar su noche más gloriosa y una de las más imborrables de la
historia de nuestro deporte. Esa del 12 de diciembre de 1968, hacen hoy exactos
50 años, cuando en el estadio Kuramae Sumo de Tokio, en la lejana Japón, dio un
concierto con los guantes puestos. Una clase magistral de cómo se gana un
título del mundo.
En puntas de
pie, como si fuera un bailarín clásico y no un boxeador y con el repiqueteo
incesante de su izquierda inspirada, Locche le tatuó el rostro al campeón
hawaiano Paul Takeshi Fujii a lo largo de los 9 rounds que duró aquella pelea
inolvidable. Y con la derecha, que la mayoría de las veces tenía de adorno, le
sacudió la cabeza cuantas veces quiso. Fue tal la paliza que Locche le
dio a Fujii que el hawaiano terminó con los dos ojos cerrados y siguiéndolo
sólo por el olor a transpiración que emanaba de su cuerpo.
Al final de
la novena vuelta, estragado en lo físico, demolido en lo espiritual, Fujii no
quiso más. Se quiso ir y se fue del combate. Cuando sonó la campana que
ordenaba el comienzo del 10° round, el árbitro estadounidense Nicky Pope le
alzó los brazos a Nicolino y lo consagró nuevo campeón de los welter juniors de
la Asociación Mundial, por ese entonces, la entidad más importante. El tercero
en la historia del boxeo argentino, luego de Pascual Pérez (1954) y Horacio
Accavallo (1966). Los tres en Japón.
La previa de
la célebre pelea tuvo una historia larga. Nadie quería darle la chance a
Locche, un boxeador de 29 años, nacido el 2 de septiembre de 1939 en Tunuyán,
Mendoza, que desde su debut como fondista en 1960, había cautivado al exigente
público del Luna y a buena parte de la cátedra con su estilo irrepetible. Mucho
más técnico que contundente. Una noche de 1963, enloqueció al brasileño
Sebastiao do Nascimento con sus esquives y visteos. Y el periodista Piri García
de la revista El Gráfico lo bautizó para siempre: desde entonces, Locche fue
“el Intocable”.
Tito Lectoure
le guió la carrera y lo probó contra dos ex campeones mundiales (Joe Brown en
1963 y Eddie Perkins en 1967) y tres campeones reinantes (Ismael Laguna en
1965, Carlos Ortiz y Sandro Lopópolo en 1966). Salvo a Laguna, con quien igualó
en una noche para espíritus selectos, a los demás les ganó. Y en muchos casos
con baile.
Lectoure fue
a la convención de la Asociación Mundial de 1967 en Pittsburgh (Estados Unidos)
decidido a conseguirle la chance a Locche. Y la consiguió luego de que el
manager de Fujii se la firmara en la servilleta de un bar al cabo de una noche
con mucho alcohol. Locche llegó a Japón con la mejor puesta a punto de su
campaña (62,800 kg). Y con tanta tranquilidad que una hora antes de la pelea,
se quedó dormido en la mesa de los masajes de su vestuario mientras a su
hacedor, Francisco “Paco” Bermúdez y a Lectoure se los devoraban los nervios.
Con ese desparpajo subió al ring. Con ese desparpajo y la maestría de su boxeo
único, personal, sin antes ni después, hizo historia.
“Subí al ring
con una fe inmensa y con una preparación física como nunca tuve” le dijo Locche
a quien esto escribe en 1993, cuando se cumplieron 25 años de aquella obra
maestra. “Fujii me venía justo a mi juego. Cierro los ojos y me acuerdo de su
cara. ¡Pobrecito, como se la dejé! Creo que le pegué hasta debajo de la
lengua”, agregó con esa picardía que con el tiempo le fue cediendo paso al
hastío.
A partir de
esa noche de Tokio, Locche se convirtió en un fenómeno popular único. Los
periodistas exprimieron su ingenio para nombrarlo: “Poeta que llegó a Rey”,
“Genio con guantes”, “Torero con pantalones cortos” “El que le puso pétalos de
rosa a los callos del boxeo”. El periodista y escritor mendocino Rodolfo
Braceli, quien alguna vez tuvo el atrevimiento de guantear con él, acaso lo
definió mejor que nadie: “Lo tiraron a los leones y se puso a conversar con
ellos”.
Y el público
se entregó al duende travieso de su boxeo. Cada noche de Luna lleno, cada una
de las cinco defensas que hizo Locche de su título del mundo entre 1969 y 1971
en el mítico estadio de Corrientes y Bouchard, fue una fiesta. Las mujeres
enjoyadas iban a verlo porque con él sobre el ring, no había sangre ni drama,
había risas y show. Los hombres celebraban su talento defensivo, su arte
novedoso e inédito: el de no pegar sin dejarse pegar. Y al término de cada
round, se abrazaban entre sí como si festejaran un gol.
A lo largo de
su carrera de 136 peleas, con 117 victorias, 4 derrotas y 15 empates que se
extendió entre 1958 y 1976, sólo noqueó 14 veces. Sin embargo, a nadie lo
quisieron tanto como a Nicolino. No fue el mejor campeón mundial que tuvo la
Argentina, pero si, el ídolo más grande que tuvo el boxeo y uno de los más
amados del deporte nacional. Desde que un día como hoy, hace 50 años y en
Tokio, el campeón se dio la mano con la leyenda.
*Tomado de Página
12 – Argentina
