Tomado de The New York Times
The New York
Times tomó hoy la inusual decisión de publicar una columna de opinión anónima.
Lo hemos hecho de esa forma a pedido del autor, un funcionario de alto rango en
el gobierno de Trump cuya identidad conocemos y cuyo empleo estaría en riesgo
por divulgar esta información. Creemos que publicar este ensayo de forma
anónima es la única manera de ofrecer una perspectiva importante a nuestros
lectores.
El presidente
Trump enfrenta una prueba a su presidencia como la que ningún líder
estadounidense moderno ha enfrentado.
No se trata
solamente del alcance que puede tener la investigación del fiscal especial. O
de que el país esté amargamente dividido respecto del liderazgo de Trump. Ni
siquiera de que su partido pueda perder la Cámara de Representantes ante una
oposición empeñada en derrocarlo.
El dilema
—que él no entiende por completo— es que muchos de los funcionarios de alto
rango en su propio gobierno trabajan diligentemente desde adentro para frustrar
partes de su agenda y sus peores inclinaciones.
Yo sé que es
así. Yo soy uno de ellos.
Para ser
claros, la nuestra no es la popular “resistencia” de la izquierda. Queremos que
el gobierno tenga éxito y pensamos que muchas de sus políticas ya han
convertido a Estados Unidos en un país más seguro y más próspero.
No obstante,
creemos que nuestro primer deber es con este país, y el presidente continúa
actuando de una manera que es perjudicial para la salud de nuestra república.
Es por eso
que muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo
que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y
al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el
cargo.
La raíz del
problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él
sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma
de decisiones.
Aunque fue
electo como republicano, el presidente muestra poca afinidad hacia los ideales
adoptados desde hace mucho tiempo por los conservadores: libertad de
pensamiento, libertad de mercado y personas libres. En el mejor de los casos,
ha invocado esos ideales en ambientes controlados. En el peor, los ha atacado
directamente.
Además de su
mercadotecnia masiva de la noción de que la prensa es el “enemigo del pueblo”,
los impulsos del presidente Trump son generalmente anticomerciales y
antidemocráticos.
No me
malinterpreten. Hay puntos brillantes que la cobertura negativa casi incesante
sobre el gobierno no ha captado: desregulación efectiva, una reforma fiscal histórica,
un Ejército fortalecido y más.
No obstante,
estos éxitos han llegado a pesar del —y no gracias al— estilo de liderazgo del
presidente, el cual es impetuoso, conflictivo, mezquino e ineficaz.
Desde la Casa
Blanca hasta los departamentos y las agencias del poder ejecutivo, funcionarios
de alto rango admitirán de manera privada su diaria incredulidad ante los
comentarios y las acciones del comandante jefe. La mayoría está trabajando para
aislar sus operaciones de sus caprichos.
Las reuniones
con él se descarrilan y se salen del tema, él se involucra en diatribas
repetitivas y su impulsividad deriva en decisiones a medias, mal informadas y
en ocasiones imprudentes, de las que posteriormente se tiene que retractar.
“No hay
manera, literalmente, de saber si él cambiará su opinión de un minuto al otro”,
se quejó ante mí un alto funcionario recientemente, exasperado por una reunión
en el Despacho Oval en la que el presidente realizó cambios en una importante
decisión política que había tomado solo una semana antes.
El
comportamiento errático sería más preocupante si no fuera por los héroes
anónimos dentro y cerca de la Casa Blanca. Algunos de sus asistentes han sido
personificados como villanos por los medios. Sin embargo, en privado, han hecho
grandes esfuerzos para contener las malas decisiones en el Ala Oeste, aunque
claramente no siempre tienen éxito.
Puede ser un
consuelo escaso en esta era caótica, pero los estadounidenses deberían saber
que hay adultos a cargo. Reconocemos plenamente lo que está ocurriendo. Y
tratamos de hacer lo correcto incluso cuando Donald Trump no lo hace.
El resultado
es una presidencia de dos vías.
Por ejemplo,
la política exterior. En público y en privado, el presidente Trump exhibe una
preferencia por los autócratas y dictadores, como el presidente ruso, Vladimir
Putin, y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, y muestra poco
aprecio genuino por los lazos que nos unen con naciones aliadas que piensan
como nosotros.
Sin embargo,
observadores astutos han notado que el resto del gobierno opera por otro
camino, uno en el que países como Rusia son denunciados por interferir y
sancionados apropiadamente, y en el que los aliados alrededor del mundo son
considerados como iguales y no son ridiculizados como rivales.
Por ejemplo,
sobre Rusia, el presidente se mostró reacio a expulsar a muchos de los espías
de Putin como castigo por el envenenamiento
de un exespía ruso en el Reino Unido. Se quejó
durante semanas de que altos miembros del gabinete lo dejaban atrapado en más
confrontaciones con Rusia y expresó frustración por el hecho de que Estados
Unidos continuara imponiendo sanciones a ese país por su comportamiento
maligno. Sin embargo, su equipo de seguridad nacional tenía motivos para
hacerlo —dichas acciones tenían que ser tomadas, para obligar a Moscú a rendir
cuentas—.
Esto no es
obra del llamado Estado profundo (deep state) —una teoría de
conspiración que afirma que existen instituciones dentro del gobierno que permanecen
en el poder de manera permanente—. Es la obra de un Estado estable.
Dada la
inestabilidad de la que muchos han sido testigos, hubo rumores tempranos dentro
del gabinete sobre invocar la Enmienda 25, la que daría inicio a un complejo
proceso para sacar del poder al presidente. Sin embargo, nadie quiso precipitar
una crisis constitucional. Así que haremos lo que podamos para dirigir el rumbo
del gobierno en la dirección correcta hasta que —de una manera u otra— llegue a
su fin.
La mayor
preocupación no es lo que Trump ha hecho a la presidencia, sino lo que nosotros
como nación le hemos permitido que nos haga. Nos hemos hundido profundamente
con él y hemos permitido que nuestro discurso fuera despojado de la civilidad.
El senador John
McCain lo dijo de la mejor manera en su carta de despedida. Todos los
estadounidenses deberían prestar atención a sus palabras y liberarse de la
trampa del tribalismo, con el objetivo mayor de unirnos a través de nuestros
valores compartidos y amar a esta gran nación.
El
senador McCain
ya no está con nosotros, pero siempre contaremos con su
ejemplo —un faro que nos guía para restaurar el honor a la vida pública y a
nuestro diálogo nacional—. Trump puede temer a los hombres honorables, pero
nosotros debemos venerarlos.
Existe una
resistencia silenciosa dentro del gobierno compuesta por personas que eligen
anteponer al país. Sin embargo, la verdadera diferencia será hecha por los
ciudadanos comunes que se pongan por encima de la política, se unan con los
adversarios y decidan eliminar las etiquetas para portar una sola: la de
estadounidenses.
*El autor es
un alto funcionario en el gobierno de Trump.
