Por: Red Filosófica del Uruguay
Edgardo Lander no es sólo un académico, profesor titular de
la Universidad Central de Venezuela e investigador asociado del Transnational
Institute. Es una persona vinculada desde hace años a los movimientos sociales
y a la izquierda en su país. Desde ese lugar, afirma que el apoyo incondicional
de las izquierdas de la región al chavismo reforzó las tendencias negativas del
proceso. Sostiene que las izquierdas a nivel global no han tenido
"capacidad de aprender", que terminan respaldando un "gobierno
de mafias" como el de Nicaragua, y que cuando "colapse el modelo
venezolano" es posible que simplemente "miren para otro lado".
–Hace tres años caracterizaste la situación en Venezuela como
la "implosión del modelo petrolero rentista". ¿Ese diagnóstico sigue
vigente?
-Lamentablemente, los problemas que pueden caracterizarse
como asociados al agotamiento del modelo petrolero rentista se han acentuado.
El hecho de que Venezuela ha tenido 100 años de industria petrolera y de
estadocentrismo girando en torno a cómo se reparte la renta ha conformado no
sólo un modelo de Estado y de partido, sino también una cultura política e
imaginarios colectivos de Venezuela como un país rico, de abundancia, y la
noción de que la acción política consiste en organizarse para pedirle al
Estado. Esa es la lógica permanente. En el proceso bolivariano, a pesar de
muchos discursos que aparentaban ir en la dirección contraria, lo que se hizo
fue acentuar esto. Desde el punto de vista económico se acentuó esta modalidad
colonial de inserción en la organización internacional del trabajo. El colapso
de los precios del petróleo simplemente desnudó una cosa que era evidente,
cuando uno depende de un commodity cuyos precios necesariamente fluctúan.
–Las críticas a la situación de la democracia en Venezuela se
han acentuado tras la asunción de Nicolás Maduro. ¿Por qué es así? ¿Cómo se
compara con la situación bajo el gobierno de Hugo Chávez?
-Primero hay que tomar en cuenta qué fue lo que pasó en el
tránsito de Chávez a Maduro. Yo soy de la opinión de que la mayoría de los
problemas con los que nos encontramos hoy son problemas que venían acumulándose
con Chávez. Los análisis de parte de la izquierda venezolana que reivindican la
época de Chávez como la época de gloria, en la que todo funcionaba bien y de
repente aparece Maduro como un incompetente o un traidor, son explicaciones
demasiado maniqueas y que no permiten desentrañar cuáles son las lógicas más
estructurales que llevan a la crisis actual. El proceso venezolano, por decirlo
muy esquemáticamente, siempre estuvo sustentado sobre dos pilares
fundamentales: por un lado, la capacidad extraordinaria de Chávez de comunicar
y de liderazgo, que generó una fuerza social; por otro lado, precios del
petróleo que llegaron en algunos años a más de 100 dólares el barril. En forma
casi simultánea, en 2013, estos dos pilares colapsaron: murió Chávez y los
precios del petróleo se vinieron abajo. Y el emperador quedó desnudo. Quedó
claro que esto tenía un alto grado de fragilidad, por depender de cosas de las
cuales no se podía seguir dependiendo. Además, hay diferencias muy importantes
entre el liderazgo de Chávez y el de Maduro. Chávez era un líder con capacidad
de dar orientación y sentido, pero también tenía un extraordinario liderazgo
dentro del gobierno bolivariano como tal, de manera que cuando él decidía algo,
esa era la decisión. Eso genera falta de debates y muchos errores, pero genera
también una acción unitaria, direccionada. Maduro no tiene esa capacidad, nunca
la ha tenido, y ahora en el gobierno cada quien jala por su lado. Por otra
parte, durante el gobierno de Maduro ha habido un incremento de la
militarización, quizá porque Maduro no viene del mundo militar, entonces para
garantizar el apoyo de las Fuerzas Armadas tiene que incorporar a más
integrantes de las Fuerzas Armadas y darles más privilegios. Se han creado
empresas militares, actualmente la tercera parte de los ministros y la mitad de
los gobernadores son militares, y están en lugares muy críticos de la gestión
pública, donde ha habido mayores niveles de corrupción: la asignación de
divisas, los puertos, la distribución de alimentos. El hecho de que estén en
manos de militares hace más difícil que sean actividades transparentes, que la
sociedad sepa qué es lo que está pasando.
–¿Qué sucedió con los procesos de participación social que
promovieron los gobiernos bolivarianos?
-Hoy en Venezuela hay una desarticulación del tejido de la
sociedad. Después de una experiencia extraordinariamente rica de organización
social, de organización de base, de movimientos en relación a la salud, a las
telecomunicaciones, a la tenencia de la tierra urbana, a la alfabetización, que
involucró a millones de personas y generó una cultura de confianza, de
solidaridad, de tener la capacidad de incidir sobre el propio futuro, uno
suponía que en momentos de crisis habría capacidad colectiva de responder, y
resulta que no. Por supuesto, hablo en términos muy gruesos, hay lugares donde
hay mayor capacidad de autonomía y autogobierno. Pero en términos generales se
puede decir que la reacción que se vive hoy es más en términos competitivos,
individualistas. De todos modos, creo que quedó una reserva que en algún
momento puede salir a flote.
–¿Por qué no pudo mantenerse esa corriente de participación y
organización?
-El proceso estuvo atravesado desde el principio por una
contradicción muy seria, que es la contradicción entre entender la organización
de base como procesos de autogestión y de autonomía, de construcción de tejido
social de abajo hacia arriba, y el hecho de que la mayor parte de estas
organizaciones fueron producto de políticas públicas, de promoción desde
arriba, desde el Estado. Y esa contradicción se jugó de manera diferente en
cada experiencia. Donde había experiencia organizativa previa, donde había
dirigentes comunales, había una capacidad de confrontar al Estado; no para
rechazarlo, sino para negociar. Además, a partir de 2005 hay una transición del
proceso bolivariano desde algo muy abierto, desde un proceso de búsqueda de un
modelo de sociedad diferente al soviético y al capitalismo liberal, a tomar ya
la decisión de que el modelo es socialista, y a una interpretación del
socialismo como estatismo. Hubo mucha influencia político-ideológica cubana en
esta conversión. Entonces estas organizaciones ya empiezan a ser pensadas en
términos de instrumentos dirigidos desde arriba, y empieza a consolidarse una
cultura estalinista en relación a la organización popular. Y eso le ha dado
obviamente mucha precariedad.
–¿Cómo es la situación de la democracia en términos
liberales?
-Obviamente es mucho más grave [durante el gobierno de
Maduro], y es más grave porque es un gobierno que ha perdido muchísima
legitimidad y que tiene niveles crecientes de rechazo por parte de la
población. Y la oposición ha avanzado significativamente. El gobierno tenía
hegemonía de todos los poderes públicos hasta que perdió aparatosamente las
elecciones (parlamentarias) en diciembre de 2015. Y a partir de allí empezó a
responder en términos crecientemente autoritarios. En primer lugar, desconoció
la Asamblea, primero desconociendo los resultados de un Estado que le quitaba
la mayoría calificada a la oposición en la Asamblea, con razones absolutamente
tiradas de los cabellos. Posteriormente, ha habido un franco desconocimiento de
la Asamblea como tal, que desde el punto de vista del gobierno no existe, es
ilegítima. Y es tan así que hace unos meses era necesario renovar los
integrantes del Consejo Nacional Electoral [CNE], y entonces la Corte
desconoció a la Asamblea y nombró a los integrantes del CNE, que por supuesto
son todos chavistas. Maduro tenía que presentar a comienzos de año una memoria
de gestión del año anterior, y como no reconocen a la Asamblea, la memoria se
presentó ante la Corte. Lo mismo sucedió con el presupuesto. Teníamos un
referéndum revocatorio para el cual se habían cumplido todos los pasos. Debía
hacerse en noviembre del año pasado y el CNE resolvió posponerlo, y eso
significó matarlo: simplemente ahora no hay referéndum revocatorio. Era
constitucionalmente obligatoria la elección de gobernadores en diciembre del
año pasado, y simplemente la pospusieron indefinidamente. Entonces estamos en
una situación en la que hay una concentración total de poder en el Ejecutivo,
no hay Asamblea legislativa, Maduro tiene ya más de un año gobernando por
decreto de emergencia autorrenovado, cuando debe ser ratificado por la
Asamblea. Estamos muy lejos de algo que pueda llamarse práctica democrática. En
ese contexto, las respuestas que se dan son cada vez más violentas, de los medios
y de la oposición, y la reacción del gobierno, ya incapacitado de hacer otra
cosa, es la represión de las manifestaciones, los presos políticos. Se utilizan
todos los instrumentos del poder en función de preservarse en el poder.
–¿Qué consecuencias tiene esta situación a largo plazo?
-Yo diría que hay tres cosas que son extraordinariamente
preocupantes de las consecuencias de todo esto a mediano y largo plazo. En
primer lugar, hay una destrucción del tejido productivo de la sociedad y va a
tomar muchísimo tiempo recuperarlo. Recientemente hubo un decreto presidencial
de apertura de 112.000 kilómetros cuadrados a la minería transnacional a gran
escala en un territorio donde están los hábitats de diez pueblos indígenas,
donde están las mayores fuentes de agua del país, en la selva amazónica. En
segundo lugar está el tema de cómo la profundidad de esta crisis está
desintegrando el tejido de la sociedad, y hoy como sociedad se está peor de lo
que se estuvo antes del gobierno de Chávez; esto es algo muy duro de decir,
pero efectivamente es lo que se vive en el país. En tercer lugar, cómo se han
revertido las condiciones de vida en términos de salud y de alimentación. El
gobierno dejó de publicar estadísticas oficiales y hay que confiar en
estadísticas de las cámaras empresariales y de algunas universidades, pero
estas indican que hay una pérdida sistemática de peso de la población
venezolana, algunos cálculos dicen que es de seis kilos por persona. Y eso, por
supuesto, tiene consecuencias en desnutrición infantil y tiene efectos a largo
plazo. Por último, esto tiene extraordinarias consecuencias en relación a la
posibilidad de cualquier imaginario de cambio. La noción de socialismo, de
alternativas, está descartada en Venezuela. Se ha instalado la noción de que lo
público es necesariamente ineficiente y corrupto. Es un fracaso.
–¿Cómo ves las reacciones de los partidos de izquierda a
nivel global, y especialmente en América Latina, respecto de Venezuela?
-Creo que uno de los problemas que ha arrastrado históricamente
la izquierda es la extraordinaria dificultad que hemos tenido como izquierda de
aprender de la experiencia. Para aprender de la experiencia es absolutamente
necesario reflexionar críticamente sobre qué pasa y por qué pasa. Por supuesto,
sabemos toda la historia de lo que fue la complicidad de los partidos
comunistas del mundo con los horrores del estalinismo, y no por falta de
información. No fue que se enteraron después de los crímenes de [Iósif] Stalin,
sino que hubo una complicidad que tiene que ver con ese criterio de que como
uno es antiimperialista y es un enfrentamiento contra el imperio, vamos a
hacernos los locos con que se mató tanta gente, vamos a no hablar de eso. Creo
que esa forma de entender la solidaridad como solidaridad incondicional, porque
hay un discurso de izquierda o porque haya posturas antiimperialistas, o porque
geopolíticamente se expresen contradicciones con los sectores dominantes en el
sistema global, lleva a no indagar críticamente sobre cuáles son los procesos
que están ocurriendo. Entonces se genera una solidaridad ciega, no crítica, que
no solamente tiene la consecuencia de que yo no fui a criticar lo otro, sino
que tiene la consecuencia de que activamente se está celebrando muchas de las
cosas que terminan siendo extraordinariamente negativas. El llamado
hiperliderazgo de Chávez era algo que estaba allí desde el principio. O el
modelo productivo extractivista. Lo que hoy conoce la izquierda en su propia
cultura sobre las consecuencias de eso estaba ahí. Entonces, ¿cómo no abrir un
debate sobre esas cosas, de manera de pensar críticamente y aportar propuestas?
No que la izquierda europea venga a decirles a los venezolanos cómo tienen que
dirigir la revolución, pero tampoco esta celebración acrítica, justificativa de
cualquier cosa. Entonces, los presos políticos no son presos políticos, el
deterioro de la economía es producto de la guerra económica y de la acción de
la derecha internacional. Eso es cierto, está ahí, pero obviamente no es
suficiente para explicar la profundidad de la crisis que estamos viviendo. La
izquierda latinoamericana tiene una responsabilidad histórica en relación, por
ejemplo, a la situación de Cuba hoy, porque durante muchos años asumió que
mientras estuviese el bloqueo de Cuba no se podía criticar a Cuba, pero no
criticar a Cuba quería decir no tener la posibilidad de reflexionar
críticamente sobre cuál es el proceso que está viviendo la sociedad cubana y
cuáles son las posibilidades de diálogo con la sociedad cubana en términos de
opciones de salida. Para una gran proporción de la población cubana, el hecho
de que se estaba en una especie de callejón sin salida era bastante obvio a
nivel individual, pero el gobierno cubano no permitía expresar eso y la
izquierda latinoamericana se desentendió, no aportó nada, sino simplemente
solidaridad incondicional. El caso más extremo es pretender que el gobierno de
Nicaragua es un gobierno revolucionario y parte de los aliados, cuando es un
gobierno de mafias, absolutamente corrupto, que desde el punto de vista de los
derechos de las mujeres es de los regímenes más opresivos que existen en
América Latina, en una alianza total con sectores corruptos de la burguesía,
con el alto mando de la iglesia católica, que antes era uno de los grandes
enemigos de la revolución nicaragüense. ¿Qué pasa con eso? Que se refuerzan
tendencias negativas que hubiera sido posible visibilizar. Pero además, no
aprendemos. Si entendemos la lucha por la transformación anticapitalista no
como una lucha que pasa allá y vamos a ser solidarios con lo que ellos hacen,
sino como una lucha de todos, entonces lo que tú haces mal allá nos está
afectando a nosotros también, y también tengo responsabilidad de señalarlo y de
aprender de esa experiencia para no repetir lo mismo. Pero no tenemos capacidad
de aprender, porque de repente, cuando termine de colapsar el modelo
venezolano, vamos a mirar para otra parte. Y eso, como solidaridad, como
internacionalismo, como responsabilidad político-intelectual, es desastroso.
–¿Por qué la izquierda adopta estas actitudes?
-Tiene que ver, en parte, con que no hemos terminado de
descargar al pensamiento de izquierda de unas concepciones demasiado
unidimensionales de qué es lo que está en juego. Si lo que está en juego es el
contenido de clase y el antiimperialismo, juzgamos de una manera. Pero si
pensamos que la transformación hoy pasa por eso, pero también por una
perspectiva crítica feminista, por otras formas de relación con la naturaleza,
por pensar que el tema de la democracia no es descartar la democracia burguesa,
sino profundizar la democracia; si pensamos que la transformación es
multidimensional porque la dominación también es multidimensional, ¿por qué
este apoyo acrítico a los gobiernos de izquierda coloca los derechos de los
pueblos indígenas en un segundo plano, coloca la devastación ambiental en un
segundo plano, coloca la reproducción del patriarcado en un segundo plano?
Entonces termina juzgando desde una historia muy monolítica de lo que se supone
que es la transformación anticapitalista, que no da cuenta del mundo actual. Y
obviamente, ¿de qué nos sirve liberarnos del imperialismo yanqui si
establecemos una relación idéntica con China? Hay un problema político, teórico
e ideológico, y quizá generacional, de personas para las que esta era su última
apuesta por lograr una sociedad alternativa, y se resisten a aceptar que
fracasó.
