La
adolescente palestina condenada por abofetear a soldados israelíes reconoce que
la cárcel ha cambiado su destino
JUAN CARLOS SANZ / Tomado de El País – España
La chica que
expresaba con bofetadas a los soldados la rabia palestina ha madurado y ahora
solo contesta con palabras juiciosas. Aturdida por las visitas de la prensa
internacional, organizaciones humanitarias y diplomáticos occidentales, Ahed Tamimi empieza
a tomar conciencia de que se ha convertido en un icono global de su pueblo tras
cumplir ocho meses de cárcel. Reconfortada por el reencuentro con familiares y
amigos después de ser liberada
el pasado domingo, la activista que cumplió 17
años entre rejas confiesa su sueño de poder estudiar leyes en una universidad
extranjera para hacer llegar la voz palestina ante los foros de la justicia.
En el patio
de su casa de Nabi Saleh, 50 kilómetros al norte de Jerusalén, la adolescente
erigida en símbolo de resistencia frente a más de medio siglo de ocupación se
divierte con las imágenes de un vídeo reproducido en un móvil junto a hermanos
y primos del clan Tamimi, hegemónico en la localidad, poco antes de mantener
una conversación con EL PAÍS. En ese mismo lugar se encaró a golpes el pasado
15 de diciembre con dos militares mientras su progenitora, Nariman, grababa
unas imágenes
que alcanzaron máxima viralidad en las redes sociales y
que acabaron sentando a madre e hija en el banquillo ante un consejo de guerra
del Ejército de Israel.
“La cárcel ha sido sido una experiencia
difícil, que me ha cambiado”, admite de entrada en un patio decorado con
fotografías que recogen escenas de su pasado activismo. “Allí todo eran
restricciones para la educación”, explica esta estudiante de secundaria, que ha
preparado el examen de selectividad en la celda. Ahed no se arrepiente de haber
abofeteado a los soldados. En el vídeo se mostraba el visible estado de
excitación de la muchacha después de que su primo Mohamed, de 15 años, hubiese
recibido el impacto de una bala recubierta de caucho que le desfiguró la cara
durante unos disturbios.
“Las
habitaciones del penal (de Sharon, al norte de Tel Aviv) eran pequeñas y poco
aireadas. Pero lo peor era el traslado desde la prisión hasta la sede del
tribunal. Esto lo sufren a diario todos los prisioneros palestinos, que
intentan crear un clima de humanidad cantando y bailando juntos, preparando
comidas para todos para que la vida sea algo más aceptable en prisión”,
recuerda Ahed, vestida con una camiseta burdeos, pantalón oscuro y deportivas
multicolores.
“Ahora espero
poder continuar mi educación y estudiar derecho para poder defender mejor mi
causa y luchar para mantener la unidad nacional de los palestinos”, detalla sus
planes de futuro tras la excarcelación. “He comprobado que quienes son
detenidos por las fuerzas israelíes tienen que defender su derecho a permanecer
en silencio durante los interrogatorios, pese a las amenazados de recibir
sentencias más duras”, explica. “En mi caso me exponía a una larga condena (la
fiscalía militar presentó 12 cargos, algunos por hechos anteriores), pero
gracias al apoyo popular y al respaldo internacional recibí una sentencia más
leve”. Su abogada aceptó finalmente un acuerdo sobre cuatro de las
imputaciones, entre ellas asalto a soldados e incitación a la violencia.
Mientras las
autoridades israelíes la han descrito desde que era una niña como una
provocadora profesional, instigada por un clan familiar que encabeza protestas
contra las fuerzas de seguridad en Cisjordania, ella sostiene que su actitud
solo responde a “la presión de la ocupación”. “Yo no elegí este camino. Cada
vez que iba a la escuela me topaba con los puestos de control israelíes. No
podía ir a nadar la playa (fuera del territorio palestino) sin encontrarme con
los soldados”, rememora. “Todo era horrible. Me preguntaban siempre por si
tenía los papeles en regla”.
Su
visión de la vida parece haber cambiado en prisión. Frente a la
irascible adolescente que mordió en 2015 a un soldado que pretendía detener a
su hermano menor y la que encabezaba con su melena rubia al aire las marchas de
protesta en Nabi Saleh, Ahed Tamimi trata de comprender ahora la difícil
realidad palestina. “La ocupación afecta a nuestra vida cotidiana y nos mueve a
ser más activos. No soy una agitadora profesional. A nadie le gusta ir a la
cárcel”, reflexiona en voz alta. “Pero no voy a permanecer quieta y a guardar
silencio cuando hay un soldado dentro de mi casa, o me detienen en un control a
cada paso que doy. ¿Quién puede aceptar vivir así? Esto ocurre en Cisjordania,
donde la gente se enfrenta cada día a esta presión. No me dejaban vivir una
vida normal. Por eso elegí la resistencia a la ocupación”.
—¿Qué precio
ha tenido que pagar por su decisión?
—Sabía que me
exponía a perder parte de mi niñez y mi juventud cuando empecé mi actividad
política, como muchos chicos y chicas de mi generación. Sé también que esto
puede llevarme a perder aún más en el futuro, como cualquier otra persona que
elige esta vía.
En unas imágenes
grabadas de los interrogatorios policiales durante
su detención, obtenidas por la defensa y difundidas por su familia, agentes del
Shin Bet (agencia de seguridad interior) presionaban con fuerza para que
colaborara, advirtiéndola de las consecuencias negativas que podrían tener para
sus seres cercanos. “Sigo siendo la misma Ahed para mis amigos y mi familia.
Por supuesto, la cárcel me ha abierto la puerta a nuevas ideas. Tengo mucha más
información ahora sobre lo que pasa a mi alrededor. Pero he vuelto a casa y me
encanta divertirme y bromear con mi gente más próxima”, replica para excluir
posibles secuelas de su paso por la prisión. “Cuando mi hermano mayor (Waed, de
22 años, encarcelado bajo la acusación de agredir a soldados) regrese a casa
también, volveré a ser de verdad la misma persona”, remacha con una sonrisa.
“No pienso dejar mis aficiones: quiero seguir disfrutando, jugando al fútbol
(con la camiseta de la selección de Brasil) y bailando (coreografías de música
de Rihanna, que organiza con sus primas). No quiero olvidar lo que más amo”.
