Por LUCIO
HERRERA GUBAIRA.
Llegaste a mi ciudad desde las cumbres andinas serpenteando
páramos como arrollo de montaña que busca la calma del valle.
Perteneces a una generación que se levantó entre conflictos.
Antes que se dieran cuenta dejaron el colegio y ya estaban, siendo aún niños,
acompañando nuestras causas. No fue sino hasta 2007 en que conocí a tu grupo de
contemporáneos, se acercaban sin ruido a quienes entonces estábamos en primera
fila en el esplendor de aquellas marchas que iniciaban en entre cánticos y
pitos y muchas veces culminaban con gases y perdigones.
Luego, súbitamente, pasaron adelante. No pidieron permiso ni
consejo. No miraban a los lados, solo al frente. Muchos quisimos
hablarles, advertirles, que esto era más que una buena causa, que un discurso
en el campus, que una protesta mañanera. Pero ya no escucharían. Querían
escribir su propia historia, sin saber que ésta estaría llena de desvelos y
penas. Que se enfrentarían a un proyecto consolidado de poder por el poder que
no dudaría en golpear a esa novel casta de guerreros. Yo mismo había sentido el
fogonazo cerca, muy cerca. Marcó mi piel para toda mi vida y también mi alma al
ver a los ojos del uniformado que disparó a quemarropa. No tuvo el menor reparo
en hacerlo. Años después, otros como él, no lo tendrían para disparar a través
de los escudos de cartón que quedaron deshechos bajo la lluvia en las calles de
Venezuela.
Y así, rebelde, reaccionario, de insolente pretensión, de
indomable insurrección, enfrentarías a tu modo, en tu forma y con tus propios
medios a ese pesado gigante rojo de mil cabezas, que arrojaba fuego por la boca
y rayos de odio por los ojos.
Recuerdo me llamaste para reclamarme que no te convoqué a
acompañarme a intentar aquella demanda en defensa del derecho fundamental a
recibir agua apta para consumo humano, acción por la vida y la salud de más de
tres millones de compatriotas que sería bañada del líquido sucio de la
injusticia por la magistrada presidente, en esa sala de alabarderos del poder.
Luego perdí tu rastro, te fuiste, saliste del país. Llevaste
una voz, un grito, un reclamo de libertad más allá de esta tierra. Y llegó ese
día en que gritabas en la frontera y en la franca ingenuidad de los hombres que
luchan por una causa superior te echó mano la perfidia, te tomó de sorpresa la
infamia, para entregarte a tus carceleros, esos que te mantienen confinado y
aislado en mazmorras de indignidad.
Hoy no puedo permanecer callado. Tu juicio no ha avanzado. Ni
siquiera has podido presentarte en audiencia pública a hablar claro, fuerte, a
decir tus verdades. A defenderte como tiene derecho todo ciudadano del
mundo. Porque el secuestro del poder ha llevado a sus oscuros agentes a cubrir
con tela de arañas ponzoñosas el corredor de nuestra propia historia.
Muchos de los que te acompañaron, en la llamada Tumba, en los
calabozos oscuros, hoy están afuera. Tu no. El ensañamiento ha sido mayor. Ni
la lucha de una madre adolorida, ni los pronunciamientos de voces en instancias
nacionales y universales han hecho ceder a tu cancerbero.
Hoy sigues allí, solo, aislado, pero con el
corazón latiendo, saltando como en tu niñez de páramo, con el repicar de las
campanas que solo los idealistas oyen, en el redoble que anuncia que más
temprano que tarde compartiremos nuevamente nuestros sueños de una Venezuela
grande en libertad.
Dios te bendiga y haga libre.