En abril de 1994, hace 24 años, en el pequeño país africano
se desató la matanza más mortífera de la historia de la humanidad. Y durante
los tres meses en que los hutus intentaron exterminar a machetazos a los
tutsis, también la pelota se manchó de sangre.
Por Fernando
Duclos / Página 12
Corrí por la selva con mis piernas de jugador. De día, me
enterraba entre los sorgos, a la noche escarbaba la tierra buscando mandioca.
Alrededor de casa, escuchaba a mis compañeros de equipo, que cazaban. Eran
justamente aquéllos a quienes yo les pasaba la pelota antes. Gritaban:
‘Évergiste, seleccionamos un montón de cadáveres, pero todavía no vimos tu
rostro de cucaracha. Vamos a terminar descubriéndote. Vamos a trabajar de
noche, si es necesario, pero vamos a encontrarte’. Discutían y se peleaban
entre ellos, por no haberme capturado. Los jugadores eran los más tenaces para
cortar a los otros. Tenían la ferocidad de la pelota en el corazón.”
Hutus contra tutsis: una introducción
Rwanda es un país muy pequeño, un puntito de 26.000
kilómetros cuadrados situado en el corazón de África, la región de los Grandes
Lagos. La llaman “la tierra de las mil colinas” justamente porque a lo largo de
su territorio se suceden sin cesar, serenas, una ondulación tras otra. Es un
enorme jardín fértil “separado” del resto del continente justamente por su
orografía, que le permitió durante mucho tiempo llevar una historia poco
afectada por los acontecimientos que se sucedían en los parajes vecinos.
Históricamente, Rwanda se dividió en dos grupos de personas:
los hutus y los tutsis. No existe aún prueba concluyente de que las diferencias
entre unos y otros sean genéticas, como sí sucede en otros países de África. En
el caso de esta pequeña república, que antes fue reino, la división se
relaciona con los roles: los hutus, aproximadamente el 84% de la nación, son
agricultores; los tutsis, el porcentaje restante, son ganaderos (hay, además,
una pequeña cantidad de pigmeos). Desde siempre, gobernaron los tutsis.
Cuando Bélgica ocupó el país, en 1916, se ocupó de exacerbar
las divisiones y propagar el odio. La metrópoli administraba el país apoyándose
en el rey tutsi y los hutus se veían completamente marginados. El resentimiento
hutu que existió durante siglos, el de someterse a la minoría gobernante,
adquirió en el siglo XX así un doble cariz: estar contra los invasores europeos
era, al mismo tiempo, desear que se acabe el dominio tutsi.
En 1962, cuando Bélgica se marchó del país, los choques entre
hutus y tutsis ya se habían salido de control. Encima, por primera vez en la
historia rwandesa, hubo elecciones y, también por primera vez, los hutus
llegaron al poder. Hasta 1994, las masacres fueron corrientes: matanzas,
exilios, venganzas y retaliaciones por lo que había sucedido en el pasado. Sin
embargo, nadie podía presagiar la magnitud de la tragedia que acaeció después,
probablemente la más mortífera de la historia de la humanidad.
Para abril de 1994, la situación era que los hutus
controlaban el gobierno central y Kigali, la capital, pero un ejército tutsi,
el Frente Patriótico Rwandés (FPR), ocupaba territorialmente gran parte del
país. Un salvaje grupo paramilitar hutu, los Interahamwe, se entrenaba desde
hacía varios años para cuando llegase el momento del enfrentamiento abierto. Y
entre el 84% de la población que odiaba al 15% restante empezó a tomar forma la
idea más drástica, la más terrible: la solución final.
Cuando, en la noche del sexto día de aquel mes, hace más de
24 años, el avión en el que iba el presidente Juvenal Habyarimana recibió un
impacto de fuego y cayó (nunca se conocieron los autores del atentado), los
Interahamwe decidieron que era la hora de actuar y, mientras el mundo miraba
hacia otro lado, comenzó la gran debacle rwandesa. Los hutus radicales salieron
en escuadrones a terminar con el “problema tutsi” y se lanzaron a la cacería.
En tres meses, se estima que hubo un millón de muertos.
A esta historia debe agregársele un paréntesis, que la vuelve
todavía más terrible y que, en algún punto, abre el telón a la entrada del
fútbol en el naufragio. En un país pequeño y de diez millones de habitantes,
concentrados en el campo, en pequeños pueblos y en unas pocas ciudades, todo el
mundo se conoce. Se conoce y también se quiere. El resentimiento, al cabo, y
las circunstancias de la política que hacen crecer el odio son, en
circunstancias normales, propiedad de unos pocos interesados: los hutus se cruzan
todos los días con los tutsis, se saludan, se ayudan, se casan, hacen el amor,
tienen hijos, beben juntos, construyen, van a las mismas escuelas. Viven.
Esa cotidianeidad, sin embargo, permaneció luego, cuando la
revancha fue terreno fértil para el desastre, como lo más terrible del
genocidio, lo más oscuro, un trágico misterio para quienes intentan comprender
cómo funciona la mente humana. Determinados a la exterminación total, con
machetes, palos, piedras y martillos, los hutus no vacilaron en asesinar a
aquellos tutsi con quienes, días antes, habían compartido buenos momentos,
amistad, relaciones románticas y afectivas.
Se conocen casos de médicos que mataron a sus pacientes, y
viceversa. Maridos a sus esposas, y los hermanos de éstas a sus maridos. Estudiantes
y profesores, curas y fieles. Matanzas entre vecinos, clientes, masacres de
amigos. Y entre tanta locura destructiva, como si el país estuviera sedado -y
cegado- por la euforia asesina, el fútbol, deporte nacional del pequeño país
africano, no se iba a quedar afuera de la tragedia.
El fútbol en el infierno
El testimonio del inicio de la nota es de Évergiste
Habihirwe, ex jugador del Bugesera FC, un equipo de la región de Nyamata que
por entonces competía en la segunda división. Se lo brindó a Jean Hatzfeld,
periodista franco-malgache que ha publicado varios libros sobre el genocidio,
con escalofriantes relatos tanto de las víctimas como de los asesinos. En “Una
temporada de machetes” dedica incluso un capítulo al fútbol, llamado “La
desaparición de las redes”.
Cuando la cacería comenzó, y los tutsis comenzaron a caer a
machetazos, la milicia Interahamwe se convirtió en la vanguardia de los
asesinos: los más salvajes, los más temidos. Durante días y noches
interminables, grupos paramilitares de gente borracha y extasiada salía a matar
de la forma más cruel posible a sus vecinos devenidos enemigos. En su trabajo
“Fútbol, política y violencia miliciana en Rwanda: historia de un deporte bajo
influencias”, publicado en 2012, Heléne Dumas, doctoranda en la Escuela de
Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, teoriza sobre la relación entre
el fútbol y esa letal milicia hutu.
De entre todos los vínculos que la académica encuentra entre
el deporte y la milicia, uno destaca por su potencia. El 6 de marzo de 1994,
Rayon Sports, principal equipo rwandés, venció de visitante a un conjunto
sudanés. Habimama Kantano, comentarista estrella de la radio extremista hutu
RTLM, dio a entender que los jugadores serían recompensados por su victoria con
bebida, mujeres y vacas. Un mes después, cuando el genocidio comenzó, los
milicianos Interahamwe, muchos futbolistas, se emborrachaban para salir a matar
(bebida), robaban y carneaban los animales de los tutsi (vacas) y violaban a
sus esposas (mujeres): el mismo relator llamaba a la acción, por la misma
radio, azuzando y pidiendo más brutalidad.
“El ruido, los gritos, las canciones, el vestuario, la fiesta
forman un conjunto de prácticas que pasaron con una sorprendente fluidez del
mundo del fútbol al de las milicias”, explica Dumas en su ponencia. Vacas,
mujeres y alcohol.
Muchísimos jugadores murieron en esos meses infernales, entre
ellos Louis Kirenga, uno de los mejores arqueros del país, y Munyurangabo
Lonjin, del Rayon Sports, considerado el futbolista más veloz del campeonato.
Casi todo el plantel del Mukura, el club más antiguo del país, fue asesinado. A
Olivier Karekiezi, capitán de la selección por más de 10 años y quien incluso
llegó a jugar en Europa, le mataron a la madre y a los dos hermanos: “Los vi
morir -dijo-, no me lo olvidaré jamás”.
Un caso muy particular, inédito y casi imposible en aquellos
días de desolación, fue el de Eugene Murangwa. Los hutus le ejecutaron a 35
familiares, pero a él lo perdonaron porque quien iba a ser su asesino lo
reconoció: era el popular “Toto”, arquero del Rayon Sports. “Uno de los
Interahamwe, incluso, me pidió pruebas de que pertenecía al equipo y le mostré
el pasaporte, con el que un mes antes había viajado a Sudán”, rememoró tiempo
después.
La cacería terminó a los 100 días (“Los 100 días que no
conmovieron al mundo”, se titula un documental sobre Rwanda de la argentina
Vanessa Ragone), cuando el FPR llegó a Kigali y tomó el poder. Si hubiera
seguido un mes más, el objetivo hutu de la solución final probablemente se habría
alcanzado.
Para Karekiezi, así como para muchos sobrevivientes, el
fútbol jugó un rol clave en la reconciliación y el perdón. Paul Kagame, tutsi y
actual presidente, es un fanático del deporte y lo considera un factor de
cohesión. Pero, más allá de ellos, y de los esfuerzos de varias organizaciones
internacionales por sanar las heridas, las cicatrices de la atroz cacería
rwandesa permanecen abiertas. El rol del propio Kagame en la reconstrucción
posterior del país, así como el papel que jugó en el momento de la cacería, es
permanentemente puesto en discusión.
En todo caso, como siempre, la fe de de los que vivieron
entre penumbras renace en la nueva generación. En 2011, una selección nacional
se clasificó por primera vez para jugar un Mundial. Todos los jugadores de la
histórica sub-17, que llevó el fútbol de Rwanda a la competición más importante
del planeta, habían nacido después de la masacre del ‘94. Ellos, los que
lograron que el país se enorgulleciese de su unión, no habían visto el desastre
con sus propios ojos: no habían pasado una temporada en el infierno.
