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| Tres caras de la revolución cubana. Vista del Capitolio desde una de las calles de La Habana. Fuente: Cristina Fernández. |
Todo por la revolución
Llegamos, tras pasar 15 horas en la parte trasera de un camión —uno de los medios de transporte más comunes entre los cubanos—, a la ciudad de Santiago de Cuba, en el este del país. La ciudad de Diego Velázquez de Cuéllar, ya recuperada del huracán Sandy de 2012, vuelve a tener su espíritu africano y musical de siempre. A no mucha distancia del ilustre cuartel Moncada, símbolo por excelencia de la revolución, nos alojamos en la casa de una agradable señora cubana, Celia. A sus 62 años es la viva representación de la “generación del compromiso”, aquella que aún hoy es capaz de recordar la situación que vivía el país antes de la revolución y los cambios que esta trajo consigo.Pertenece a ese espectro de población cubana que vivió el cambio de régimen, la subida al poder de Fidel, el aislamiento del país por parte de las potencias occidentales, el golpe de la caída del socialismo en Europa… y que siente como suya esa defensa de la revolución frente a los embates del imperialismo americano. Una generación que no olvida lo que la revolución ha hecho por ellos.
Para ampliar: “Las claves históricas del embargo a Cuba”, Carles Planas Bou en El Orden Mundial, 2014
Sentados en el salón de la casa, conversamos sobre la situación de la nación. Celia nos confiesa que no es la mejor que cabría esperar, pero que aun así el Gobierno hace todo lo que puede. Con una pensión mensual de 200 pesos cubanos —lo que equivaldría a unos 7,5 euros u ocho pesos cubanos convertibles (CUC), la otra divisa nacional—, nos dice que en la actual Cuba no es suficiente para vivir y que por ello se ve en la tesitura de alquilar habitaciones.

La generación perdida
Anochece en Trinidad y sus calles adoquinadas se preparan para el ir y venir de turistas en busca de los restaurantes que llenan la famosa ciudad colonial, una estampa atípica para lo que podemos encontrar en otros pueblos del país. Los precios adaptados a la economía de los foráneos han convertido cenar en el centro del pueblo en una tarea difícil para el cubano de clase media baja. Mientras en la parte exterior de la Casa de la Música los perfumados y engalanados turistas gozan del ritmo de las bandas de salsa y de sus mojitos, en el patio interior los cubanos disfrutan de una década —banda que toca canciones típicas del folclore popular de los últimos 50 años—.Sentados a los pies de la escalera del patio, conocemos a Raúl, un pescador de 40 años que se deleita con el ambiente de la noche trinitense. Entre ron y cerveza, Raúl nos comenta lo difícil que se ha vuelto la vida en la ciudad para el cubano medio. La llegada masiva de turistas en los últimos años ha provocado un encarecimiento general; ha hecho que los productos alimenticios y los bienes se destinen a satisfacer las necesidades de los extranjeros antes que la de los locales. Poniendo como ejemplo lo complicado que resulta actualmente encontrar cervezas nacionales —Cristal o Bucanero son sus favoritas—, señala que tiene que pagar más del doble de lo que pagaba hace apenas unos años.

A punto de terminarse la segunda Heineken de la noche, nos da una pequeña lección de economía cubana: “Miren, para que ustedes puedan entender la situación: aquí, en Cuba, el cubano vive en una constante lucha. La doble moneda ha creado dos realidades: se ha mantenido la vida de siempre, con los trabajos para el Gobierno y los salarios bajos, pero en poco tiempo ha surgido una que se mueve en el entorno del turismo y esas actividades. Y así tienes que vivir, luchando todos días entre esas realidades. El verdadero combate en este país es el del uno contra veinticinco; un CUC por veinticinco pesos cubanos, amigos. Esa es la lucha nuestra de ahora…”. Cogiendo su lata, se dirige a la barra a continuar su noche.
Para ampliar: “Monetary policy in Cuba”, Silvia Dreher, 2014
De la Sierra Maestra a La Habana
La Sierra Maestra, el lugar desde donde los jóvenes barbudos organizaran su revolución, se encuentra coronada por el Pico Turquino. Tras el ascenso a la cima y el pertinente descenso, hacemos noche en un pueblo a los pies de la prominente montaña. En la casa de Julio, uno de los cinco guías que ascienden los más de 1.970 metros de esta montaña tres veces a la semana —a veces incluso más por un salario de unos 250 pesos —cerca de diez euros— mensuales, conocemos a su hijo, Orlando.Sentados en la mesa exterior, padre e hijo hablan con pesar de la situación que esta región de la provincia de Santiago, apenas recuperada del paso de Sandy, vive. Al igual que en muchas otras zonas rurales, el empleo escasea, los salarios son bajos y la dureza de los trabajos es, en casos como el de nuestro guía, algo desproporcionado. Orlando cuenta cómo en unos días él y su novia van a partir rumbo a La Habana porque allí uno “hace más plata, mucho más rápido y con menos esfuerzo que acá”.
Julio nos cuenta que poco a poco está viendo cómo el pueblo de sus padres y de su familia se queda vacío. Las grandes ciudades atraen a la juventud hacia dinero fácil y una mayor proximidad con el mundo de fuera. Pese a su rechazo a la partida de Orlando, es consciente de que las nuevas generaciones buscan algo que en las zonas de campo no pueden encontrar. Muchos de estos jóvenes están en contacto con turistas y con familiares que residen en el extranjero, que les muestran día a día las opciones que más allá pueden encontrar, lo que ha generado un vacío paulatino de población en las zonas rurales de la isla.

Julio sabe que va a tardar en ver a su hijo, pero esta generación, la del cambio, no va a quedarse en ese limbo en el que la anterior vivió. Esta ha vivido la leve apertura del país y tiene oportunidades de acceder a una fuente de ingresos que, siendo suficientemente audaz, puede escapar del control gubernamental. La entrada de nuevas influencias y estilos de vida los atrae; son conscientes de que para vivir como los de más allá hay que estar en la gran urbe, ese lugar que recibe a una cantidad cada vez mayor de turistas dispuestos a disfrutar y pagar por ello: La Habana.
Para ampliar: “The State of Cuba”, Azam Ahmed y Victoria Burnett en The New York Times, 2015
Una revolución de tres generaciones
De vuelta en la capital, reflexionamos sobre lo que hemos visto en nuestros días en el archipiélago. La sociedad cubana se encuentra claramente diferenciada. La revolución y la Historia de la isla han marcado profundamente a su población. Si bien es cierto que no hay una división única de la actual sociedad, sí que podemos decir que, en líneas generales, se aprecian tres generaciones.Por un lado, encontramos a cubanos de avanzada que edad que vivieron los primeros años de Fidel y sus barbudos en el Gobierno o que incluso, como era el caso de nuestra señora de Santiago, los ayudaron en su lucha. Esta “generación del compromiso” tiene un sentimiento afín a los altos cargos del partido —sexagenarios en su mayoría—; encuentran una unión con sus dirigentes actuales y las políticas que desarrollan, sobre unas ideas por las que ellos también lucharon. La revolución les pertenece; son la generación que —siempre en rasgos generales— continúa con un compromiso revolucionario.

Por último, está esa generación joven que nació al final del período especial y que no ha conocido la Cuba que hacía frente al imperialismo respaldada por el poder de Moscú. Esta es la que hemos denominado como “generación del cambio”, una generación que en nuestro viaje ha quedado representada por muchos de esos jóvenes que, animados por los estímulos que reciben del exterior —a través de redes sociales, de la música o de los familiares que viven en otros países— marchan a las zonas turísticas para hacer fortuna y mejorar su nivel de vida. Una generación que, si no se plantea el derrocamiento del sistema socialista cubano, sí que asume que va a tener un fin. Podríamos decir que han adoptado una posición de desmovilización pasiva: frente a la avanzada edad de los dirigentes y la necesidad que el país tiene de abrirse para mantener su economía, sacan partido de los ingresos que no puede controlar el Gobierno y se enriquecen teniendo claro el estilo de vida al que aspiran.
Para ampliar: “¿Quién sucederá a los Castro?”, David Hernández en El Orden Mundial, 2016
La vela generacional
Ante esta realidad, el devenir de la isla es incierto. Comprender la división social que existe en el país es necesario para desarrollar políticas que incluyan a todos los grupos que conforman la población cubana.Los cambios políticos que se plantean van de la mano con los retos sociales que los Gobiernos van a tener que encarar. El envejecimiento, sumado a la dedicación de la población joven al sector turístico, pone en riesgo el mantenimiento del sistema económico cubano. La connivencia entre el Gobierno y la realidad de los distintos espectros de la sociedad cubana es fundamental para una transición política y económica ordenada.
Como la vela en el cuarto de Tula —dice la canción—, entender las diferencias sociales en el país caribeño es ahora más necesario que nunca. Si los Gobiernos venideros obvian esta realidad y se quedan dormidos sin prestar atención a la vela generacional, “en el barrio La Cachimba se formará la corredera”.
