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05 diciembre, 2017

U2, autoparodia de una banda en estado comatoso

Luis J. Menéndez / Tomado de eldiario.es

Un amigo que vivió una larga temporada en Dublín me explicaba hace tiempo que todo el mundo en la capital irlandesa conoce el lugar exacto en el que se encuentra el local de ensayo de U2, porque Bono y compañía conectan los amplificadores a todo volumen y sus canciones retumban en las calles aledañas. De alguna forma, el volumen siempre se ha vinculado en el mundo del rock con la "autenticidad". En ese sentido U2 serían, casi cuarenta años después de su nacimiento como grupo, todo un ejemplo de banda "real".
Más allá de que el sonido al que se escucha un disco sea una decisión puramente discrecional, hay que decir que no encontrarás demasiado "ruido" en Songs of Experience. El decimocuarto álbum de U2 es una papilla bien ligerita, cocinada con el apoyo de todo un pelotón de productores curtidos en el territorio de pop superventas: Jacknife Lee, Ryan Tedder, Steve Lillywhite, Andy Barlow y Jolyon Thomas. Un equipo de primera línea cuyo principal reto ha sido maquillar el sonido de la banda, demasiado fatigada ya para entregarse al sonido guitarrero de la etapa pre Achtung Baby y totalmente ajena a las vanguardias pop de nuestro tiempo. Una reinvención de su propio sonido como la que en su día propició Brian Eno resulta ahora poco menos que misión imposible.

Con todo y con ello, la cuestión no sería tan grave si Songs of Experience -que se presenta como una suerte de continuación de Songs of Innocence (2014)- contara con unos cuantos temas merecedores de figurar entre lo mejor de su cancionero. Desgraciadamente no es así. Musicalmente U2 se han convertido en una suerte de autoparodia que trae a la cabeza aquellas palabras de Edi Clavo (Gabinete Caligari): "Cuando vimos la imitación que hicieron de nosotros Martes Y Trece supimos que habíamos muerto como grupo".
Pues U2 (y por encima de todo su mesiánico líder) llevan sufriendo con razón ese tipo de parodias desde hace muchísimo tiempo. Y aunque es cierto que apalearles con cada nuevo disco se ha convertido en un ejercicio demasiado fácil por parte de la crítica, también lo es que una vez escuchada esta nueva colección de canciones resulte imposible evitarlo.
Ellos, que una vez fueron un referente para muchos grupos de su generación, hoy corren al rebufo de Coldplay, The Killers y demás representantes del pop de centro comercial. Incluso cuando echan mano de un recurso tan a priori atractivo, como contar con el indiscutible número uno del rap ahora mismo, el talentoso Kendrick Lamar, el tiro les sale por la culata: ¿De verdad que la cosa no daba más de sí que ese rock mastodóntico y vulgar que es American Soul?
Poco nos importa el argumentario con el que se presenta este disco, esa cercanía de la muerte y exaltación del amor que, como consecuencia de un accidente y varios fallecimientos cercanos, ha inspirado a Bono a la hora de plantear las letras. A U2 debería preocuparles bastante más el estado comatoso que transmite su proyecto.