Luis J. Menéndez / Tomado de eldiario.es
Un amigo que vivió una larga temporada en Dublín me explicaba
hace tiempo que todo el mundo en la capital irlandesa conoce el lugar exacto en
el que se encuentra el local de ensayo de U2, porque Bono y compañía conectan
los amplificadores a todo volumen y sus canciones retumban en las calles
aledañas. De alguna forma, el volumen siempre se ha vinculado en el mundo del
rock con la "autenticidad". En ese sentido U2 serían, casi cuarenta
años después de su nacimiento como grupo, todo un ejemplo de banda
"real".
Más allá de que el sonido al que se escucha un disco sea una
decisión puramente discrecional, hay que decir que no encontrarás demasiado
"ruido" en Songs of Experience. El decimocuarto álbum de
U2 es una papilla bien ligerita, cocinada con el apoyo de todo un pelotón de
productores curtidos en el territorio de pop superventas: Jacknife Lee, Ryan
Tedder, Steve Lillywhite, Andy Barlow y Jolyon Thomas. Un equipo de primera
línea cuyo principal reto ha sido maquillar el sonido de la banda, demasiado
fatigada ya para entregarse al sonido guitarrero de la etapa pre Achtung
Baby y totalmente ajena a las vanguardias pop de nuestro tiempo. Una
reinvención de su propio sonido como la que en su día propició Brian Eno
resulta ahora poco menos que misión imposible.
Con todo y con ello, la cuestión no sería tan grave si Songs
of Experience -que se presenta como una suerte de continuación
de Songs of Innocence (2014)- contara con unos cuantos temas
merecedores de figurar entre lo mejor de su cancionero. Desgraciadamente no es
así. Musicalmente U2 se han convertido en una suerte de autoparodia que trae a
la cabeza aquellas palabras de Edi Clavo (Gabinete Caligari): "Cuando
vimos la imitación que hicieron de nosotros Martes Y Trece supimos que habíamos
muerto como grupo".
Pues U2 (y por encima de todo su mesiánico líder) llevan
sufriendo con razón ese tipo de parodias desde hace muchísimo tiempo. Y aunque
es cierto que apalearles con cada nuevo disco se ha convertido en un ejercicio
demasiado fácil por parte de la crítica, también lo es que una vez escuchada
esta nueva colección de canciones resulte imposible evitarlo.
Ellos, que una vez fueron un referente para muchos grupos de
su generación, hoy corren al rebufo de Coldplay, The Killers y demás
representantes del pop de centro comercial. Incluso cuando echan mano de un
recurso tan a priori atractivo, como contar con el indiscutible número uno del
rap ahora mismo, el talentoso Kendrick Lamar, el tiro les sale por la culata:
¿De verdad que la cosa no daba más de sí que ese rock mastodóntico y vulgar que
es American Soul?
Poco nos importa el argumentario con el que se presenta este
disco, esa cercanía de la muerte y exaltación del amor que, como consecuencia
de un accidente y varios fallecimientos cercanos, ha inspirado a Bono a la hora
de plantear las letras. A U2 debería preocuparles bastante más el estado
comatoso que transmite su proyecto.