Tuvo inmensos amoríos en Bucaramanga que arrojaron un hijo:
le enseñó a quemar sus primeros libros y a discriminar sus primeras minorías.
Colombia es el mayor productor ya no digamos de coca, sino de
noticias insólitas, como lo demuestran las de las últimas semanas: el célebre
actor porno Nacho Vidal denuncia en la W que acudió a la clínica del Country
por un dolor de tímpano, y que el médico le ordenó bajarse los pantalones para
auscultarle sus partes nobles: ¿indagaba si Nacho tenía un pito en el oído,
acaso? Un turista americano posa desnudo sobre escultura de Botero y produce la
furia que ni la pobreza, ni la explotación infantil, ni la corrupción política
han desatado en Cartagena: las autoridades lo buscan para expulsarlo del país,
pero todavía no han dado con su identidad: ¿se trataría, acaso, del propio Juan
Manuel Santos, el emperador desnudo que se está haciendo el gringo con los
asesinatos de los líderes sociales? Afirma que, a diferencia de los candidatos
uribistas, no siguen un patrón; que se trata de 120 casos aislados, aunque no
tan aislados como su gobierno, pobre.
Y por si faltaran noticias semejantes, el sanguinario alias
El Paisa desaparece de manera sospechosa, y al reaperecer comenta que se
encontraba en un paseo ecológico; Alex Char viaja al Vaticano y hace entrega al
Papa Francisco de la camiseta del Junior: le gritó “Junior tu Papa”, sin tilde,
mientras le pedía a Su Santidad que la vistiera; quieren despilfarrar 45
mil millones del erario en una inocua consulta liberal, cuando, por el bien del
país, deberían definir candidato de una manera austera y creativa: a través de
un tribunal de fonoaudiólogos, por ejemplo, que premie a quien mejor pronuncie
la palabra “ferrocarril”. Censuran a Esperanza Gómez. Timockenko se lanza a la
presidencia. Y, como cumbre de las noticias insólitas, desclasifican un archivo
de la CIA según el cual Adolfo Hitler vivió clandestinamente en Tunja en la
década de los 50.
La noticia no es nueva: ya la había ventilado el periodista
argentino Abel Basti, en su libro “Los secretos de Hitler”, uno de los éxitos
de la feria de este año, junto con el nuevo poemario de Roy Barreras (del cual
se destaca el soneto de amor a la Unidad Nacional y el poema “Vota por mí,
mamita”, dedicado, precisamente, a su mamá).
En aquel libro, el autor advierte que, en 1954, Adolfo Hitler
estuvo en la noble ciudad de Tunja, acompañado por otro alemán de apellido
Citröen, y cruzándose –se imagina uno-, sin siquiera mirarlos, con el papá de
Pirry y el abuelo de Nairo. Al parecer visitó también las termales de Paipa;
compró artesanías en Ráquira, y le caminó infructuosamente a la mamá Don
Jediondo.
No me cabía en la cabeza el retrato de un Hitler friolento,
enfundado en una ruana de lana que le impide hacer el saludo nazi a sus anchas,
mientras deambula por la plaza central de Tunja, bajo un viento helado. Según
el archivo de la CIA, además, había adquirido el nombre de Adolfo
Schrittelmayor, de evidente proveniencia alemana, en lugar de alguno más
táctico para sus fines clandestinos, como Adolfo Chitiva. ¿De veras nadie
habría dudado de un personaje de bozo semejante al de Clarita López, que
estalla de rabia y lanza improperios en alemán cuando falla jugando
Turmequé? ¿Le cabe a alguien en la cabeza que el Fürher ordeñara vacas en
Somondoco, se atosigara de cubios al almuerzo, y acumulara cervezas en una
tienda de plaza, mientras tararea música carranguera? ¿Cómo podría ser un
diálogo de Hitler en nuestras tierras?
- ¡La quiero blanca y 100% pura!
- Acá no vendemos cocaína, señor turista: respétenos.
- ¡Hablo de la raza, idiota!
Impulsado por mis prevenciones, activé contactos en el bajo
mundo del espionaje y obtuve un nuevo archivo de la CIA que no sólo confirma la
presencia de Hitler en Tunja, sino que revela su paso a otros lugares del país.
Efectivamente, en el archivo 90-20, se lee: “(…) posteriormente, Hitler tomó un
Expreso Bolivariano y se dirigió a la ciudad de Bucaramanga, donde sostuvo
intensos amoríos que arrojaron un hijo: un bebé rollizo a quien el Fürher crió
durante sus primeros años. Lo vestía con mamelucos y tirantas; calmaba el dolor
de sus primeros dientes –unos extraños colmillos pronunciados- con agrias
medicinas caseras, y enseñó a quemar sus primeros libros y a discriminar a sus
primeras minorías. Temeroso de ser descubierto, se movió luego a tierras
antioqueñas, donde tenía información de que existían descendencias arias. Pero
Arias resultó ser apenas un apellido, y, tras inventar el hábito de tomar café
sobre caballos, el Fürher viajó posteriormente a Bogotá, donde se instaló en
una casa de Teusaquillo: allá sostuvo nuevos amoríos, y la vida lo premió con
una nena a la que enseñó a definir qué era una pareja idónea. No existe certeza
de que haya salido del país”.
Desde entonces deseo que el informe sea cierto. Ojalá,
incluso, Hitler siga vivo. Tendría la edad de José Galat, sí, pero en Colombia
pagaría sus culpas: lo haríamos posar desnudo encima la gorda Gertrudis; lo
pondríamos a votar por Timochenko; lo mandaríamos de paseo ecológico con alias
el Paisa. Y lo remitiríamos donde el otorrino de Nacho Vidal para que le
examine el oído. Sería lo mínimo.
