La idea de que la integración de
los mercados abre un escenario donde el PIB por habitante de las
economías rezagadas se acerca al de las más avanzadas no encuentra
suficiente evidencia empírica
Fernando Luengo
Buena parte de los trabajos en materia de convergencia se
centran en el comportamiento que demuestra el Producto Interior Bruto
(PIB) por habitante. Sin embargo, no cabe ignorar que una visión más
compleja y de mayor calado necesita tener en cuenta otros indicadores
conectados con lo que, en términos genéricos, se suele denominar
convergencia estructural, que apunta a aspectos como los salarios, la
productividad del trabajo y las especializaciones productivas y su
contenido tecnológico.
El objetivo de este texto es aportar evidencia empírica
sobre la existencia de un proceso convergente situando en el eje del
análisis, como se acaba de indicar, el PIB por habitante. Son dos los
indicadores que se utilizan al respecto. El primero es la convergencia
beta, la cual se verifica cuando las economías que parten de mayores
niveles de atraso relativo —siempre medido en términos de PIB por
habitante— crecen por encima del promedio. La convergencia sigma añade a
la beta una exigencia: el avance de las economías más rezagadas debe
ser suficiente como para compensar el gap inicial del que parten. Es
claro, por lo tanto, que esta segunda contiene a la primera.
Conviene advertir desde ahora mismo sobre los importantes
límites existentes en cuanto a la cantidad y calidad de la información
estadística disponible, así como de las dificultades para hacer
comparaciones internacionales. La utilizada en este texto procede del
Banco Mundial (World Development Indicators, WDI). El PIB por habitante
está expresado en paridad de poder adquisitivo a dólares internacionales
constantes. La comparación entre países tiene en cuenta, de esta
manera, el efecto de la inflación y la desigual capacidad adquisitiva de
las monedas en los respectivos mercados. Para la muestra más general
(146 países) se ha acotado el periodo que se extiende desde 1990 hasta
2014; para la más acotada, referida a las economías comunitarias
(excluyendo Malta, donde el WDI no ofrece información) se analizan los
años comprendidos entre 1995 y 2015.
El primero de los gráficos relaciona el PIB por habitante
en 1990 y su crecimiento acumulado en el conjunto del periodo, hasta
2007; mientras que el segundo toma como referencia este año y lo
relaciona con la evolución de esa variable entre 2008 y 2014.
De cumplirse la hipótesis de los que ponen el acento en
los efectos beneficiosos de la globalización para las economías
rezagadas, los países que partían de un nivel más desfavorable tendrían
que haber crecido por encima de los mejor posicionados en términos de
PIB por habitante, por lo que deberíamos visualizar una línea de
tendencia con una marcada pendiente negativa. Sin embargo, la línea que
mejor ajusta la nube de puntos del gráfico es prácticamente plana, lo
que debe interpretarse como que, para la muestra de países considerada,
apenas hay relación; en otras palabras, no se ha producido convergencia
beta.
En los años siguientes, dominados por la crisis económica,
se mantiene con pequeñas modificaciones el patrón que acabamos de
mostrar. Una suave pendiente negativa, con un coeficiente de
determinación algo más elevado que en el periodo anterior, pero, en
cualquier caso, arrojando un valor reducido. Ello se explica porque, al
menos en los primeros años, cuando se desencadenó el crack financiero,
las economías con niveles más altos de PIB por habitante se vieron más
afectadas por la recesión; asimismo, en los años siguientes, en términos
generales, experimentaron un crecimiento del producto débil, inferior
al obtenido en el mundo periférico.
Antes señalé que el indicador de convergencia sigma
contiene y amplía la perspectiva mostrada por el beta. En este caso,
para que se superen las brechas de PIB por habitante es necesario que el
crecimiento de las economías rezagadas sea lo suficientemente intenso
como para corregir o cerrar el gap inicial.
La figura III muestra la evolución de este indicador para
el conjunto del periodo analizado. Tal y como está construido
–desviación estándar del logaritmo del PIB por habitante-- existirá
convergencia si la pendiente de la curva es negativa, mientras que, por
el contrario, las diferencias aumentarán cuando dicha pendiente sea
ascendente.
De nuevo encontramos un panorama que obliga a matizar las
previsiones más optimistas. En efecto, el conjunto del periodo en
absoluto ha estado dominado por la convergencia. De hecho, en la primera
mitad de los noventa las disparidades se han acentuado. A partir de ese
momento, hasta el estallido de la crisis, la situación se ha mantenido
aproximadamente estable, con ligeras oscilaciones. Sólo en los últimos
años, por las razones que acabo de comentar, mayor impacto de la crisis
en los países ricos, se aprecia una clara tendencia convergente.
¿Lo acontecido en la UE confirma o corrige esta
apreciación? Con el objeto de facilitar las comparaciones, se utiliza la
misma fuente de información (el WDI ofrece datos de todos los países
comunitarios, con la excepción de Malta). Los gráficos siguientes
presentan la evolución de la convergencia beta en el espacio comunitario
(en secuencia temporal, 1995-2007; 2008-2015).
A diferencia de la trayectoria seguida por la convergencia
beta para una muestra de 146 países –donde no se apreciaba una
tendencia hacia el cierre de la brecha en PIB por habitante-, dentro del
espacio comunitario, en el periodo comprendido entre 1995-2007, sí se
observa un proceso de catching-up, esto es, los países que
acreditaban en 1995 un PIB por habitante menor han crecido más que los
que presentaban estándares más elevados. La economía española es un buen
ejemplo, pues registró un crecimiento muy superior al promedio
comunitario, pero, quizá, el factor que en mayor medida explica esta
evolución sea el dinamismo experimentado por los nuevos socios
comunitarios procedentes del desaparecido bloque comunista.
Aunque en los años de crisis la línea de tendencia sigue
mostrando una pendiente negativa (la mayor parte de los países del
centro y este de Europa han continuado creciendo por encima del promedio
comunitario) la intensidad del proceso convergente se ha reducido
considerablemente.
En lo que concierne al comportamiento seguido por el
indicador que da cuenta de la convergencia sigma, es muy diferente
dependiendo del grupo de países que consideremos, la UE 27 o la UE 15.
En el primero, desde comienzos de siglo ha conocido una sustancial y
continua mejora, que ha sido más suave pero no se ha detenido en los
últimos años. Patrón muy diferente del existente en el grupo de
economías que integran la UE15. Hasta el crack financiero, la
convergencia sigma se ha mantenido, aproximadamente, en los mismos
parámetros, mientras que en los años de crisis, sobre todo a partir de
2010, cuando se han aplicado con mayor rigor las políticas de ajuste
salarial y presupuestario, las divergencias se han acentuado.
Nada nos dicen estos gráficos sobre cuestiones tan
relevantes como las políticas económicas llevadas a cabo por los
diferentes gobiernos, los entornos institucionales en que se han
aplicado o los estilos de crecimiento seguidos. Las aproximaciones
macroeconómicas al tema de la convergencia centradas en el
comportamiento del PIB por habitante tampoco aportan información sobre
las especializaciones productivas, los niveles de productividad o los
estándares sociales. La consideración de estos y otros planos es, por
supuesto, necesaria a la hora de dar cuenta de los resultados, las
restricciones, las oportunidades y el margen de maniobra con que cuentan
las diferentes economías.
Con todo, la idea-fuerza de que, como criterio general, la
globalización de los mercados y la inserción externa de las economías
–una de las piedras angulares de las políticas llevadas a cabo durante
las últimas décadas-- abren un escenario donde el PIB por habitante de
las economías rezagadas se acerca al de las más avanzadas no encuentra
suficiente evidencia empírica, al menos en el periodo de tiempo
considerado.
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Fernando Luengo es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid. Es miembro de la asociación EconoNuestra.