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El cronista del imperio


Julio César Londoño Si convenimos que el XV fue un siglo italiano presidido por Da Vinci, que el XVI fue español y Cervantes su Diógenes, que el XVIII fue francés y Voltaire su espíritu, que el XIX fue inglés y Dickens su cronista, hay que aceptar que el XX fue un siglo norteamericano y que nadie trazó mejor su rostro que Truman Capote; nadie escaneó con tanta definición los campos del sur y los salones de Nueva York. Y nadie, ni en el XX ni nunca, ha escrito con una prosa tan nítida y potente.
Por: Julio César Londoño
No estoy descubriendo el valor de pi, por supuesto. Una legión de comentaristas ya lo hizo. Por ejemplo Norman Mailer: “Es tan agrio como una solterona, pero en el fondo es un diablillo y el más perfecto escritor de mi generación. Es quien escribe las mejores frases palabra por palabra, ritmo a ritmo. Yo no tocaría ni una sola palabra en Desayuno en Tiffany’s, que se convertirá en un pequeño clásico”.(...)

Esto es cierto palabra por palabra. Nadie es tan preciso como Capote. Su sintaxis puede ser elíptica, porque es natural, pero no es oscura. Y sus adjetivos son tan originales que sentimos son descubrimientos, no inventos.
“El borracho dejó una propina estítica y salió escorando, como un buque mal estibado”.
“Un lagarto verde corría líquidamente entre las piedras”.
“Las sábanas tenían ese color mohoso de la sangre seca”.
“Una sarta de rubíes llameantes cubría el cuello de pavo de la vieja condesa”.
También es cierto que Mailer fue uno de los que abucheó la publicación de “A sangre fría”, la primera novela real, y la definió como un fracaso de la imaginación, “queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir acerca de algo imaginario en vez de algo real” (Capote, “El látigo que Dios me dio”).
Luego Mailer copió el método y ganó montañas de oro escribiendo novelas reales. “No importa; es un buen escritor y un tipo estupendo, y me resulta grato haberle prestado este pequeño servicio”.
Pero quien mejor ha definido la complejidad del método y el tamaño de su ambición, fue el propio Capote. “Yo quería hacer una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los sucesos, la agilidad del cine, la hondura y la libertad de la prosa, y la precisión de la poesía. Algo fuerte pero flexible, como la red de un pescador”.
De su espléndida galería de sus personajes de ficción, tan sólidos y humanos, y de sus personajes reales, tan fantásticos como Louis Armstrong o Marilyn Monroe, mi preferido es la señorita Sook, una prima suya, vivaz como una gallina, que ilumina con su ingenuidad las páginas de “Recuerdo de Navidad” y “El invitado del día de acción de gracias”. Es una viejita que siempre está diciendo cosas simples y generosas. Como la que le dice al niño que la acompaña una mañana a recoger manzanas para hacer tortas y mandarle una al presidente en las vísperas de la Navidad. “Ya es malo carecer de las cosas que uno necesita, pero es mucho peor no poder hacer los regalos que uno quiere”. (Lo que mortifica a Sook esa mañana es la certeza de que no podrá regalarle al niño la bicicleta que anhela).
La mirada cínica sobre el mundo ha sido tan exitosa, y tan utilizada, que ya es imposible escandalizar a nadie con otro Bukowski, con otro Palahniuk. Su antónimo, la bondad, es algo inaceptable ahora, cuando hace tanto tiempo que perdimos la inocencia. Quizás el éxito de Capote estribe en la manera como mezcla registros, su oscilación entre el cinismo y la bondad, su personalidad tragicómica, como la del imperio, su manera de contar hechos dramáticos sin patetismo y hechos heroicos sin vanagloria, y su poder para resumirlo todo, siempre, con una prosa que envidiaría el mismísimo Proust.