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A 30 años de la furia de Dios: Voces del terremoto de 1985 en México DF

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Por Albinson Linares
Yahoo Noticias
Con el sismo ocurrido la mañana del 19 de septiembre de 1985, el conocido Hotel Regis, ubicado en la calle de Azueta y Avenida Juárez, se desplomó. El inmueble formó parte de las muchas crónicas que periodistas narraron sobre esta catástrofe. Foto: Archivo Agencia EL UNIVERSAL/RM

A doña Lola se la llevaron en una ambulancia, mientras gritaba: “¡No voy a dar autógrafos, no voy a dar autógrafos!”, luego de que un grupo de paramédicos le amputara el brazo para poder sacarla de los escombros.  Cuando todo se derrumbó el 19 de septiembre de 1985, doña Lola vivía en un edificio de la calle Bruselas, en la colonia Juárez de Ciudad de México.

Era vecina de Rockdrigo González, rockero rupestre que murió tapiado junto a miles de víctimas causadas por el terremoto más devastador que haya vivido la capital mexicana.

Todo esto lo observaba el escritor Fabrizio Mejía Madrid quien, por entonces, era un joven flaco de 17 años que vivía en la colonia Portales.

A las 07:19 de esa mañana, salió espantado de su casa porque sintió que el mundo se le venía encima. Al llegar a la esquina de Víctor Hugo y Odessa vio que se había derrumbado una parte del edificio que hacía esquina, uno que tenía una farmacia.

“Me corté una mano tratando de ayudar y ahí también estaba Carlos Monsiváis, en pijama y con una gabardina.  Recuerdo que me dijo: ‘Tienen que usar guantes, yo ya me voy’ y se fue al centro. Mi hermano se fue a la UNAM y yo a la preparatoria. Por supuesto que la universidad ya estaba organizada, como siempre y mi prepa también estaba en pie de lucha. Había una especie de albergue y estaban recolectando insumos. Lo que después fueron las brigadas de rescate empezaron así, moviendo las piedras”, recuerda 30 años después.

Nada, ni nadie permanece impasible ante un terremoto. Aunque sepamos que la Tierra se desplaza a una velocidad media de 106,200 Kph (unos 25,2 km por segundo) en su viaje anual de 930 millones de kilómetros, uno no siente esa vertiginosa travesía cósmica.

Paradójicamente estamos inmersos en la carrera más frenética que podamos imaginar, pero la velocidad es tan alta que no se siente, sino que se neutraliza. No hay baches en la autopista intergaláctica. Por eso no existe forma alguna de que estemos preparados para un sacudón tectónico como el que estremeció a Ciudad de México en ese amanecer.

Según el autor de Arde la calle, la ciudad se dividía entre los pesimistas que pensaban que el profundo hedor que se levantaba de las ruinas era fruto de la descomposición natural de los cuerpos y los optimistas que afirmaban que todo era producto de las fugas de gas.

Aunque Fabrizio y sus amigos de las brigadas eran del bando pesimista, procuraban no fumar en ninguna parte no fuera a ser que volaran por los aires: “Pronto entendimos que debajo de esas lozas de concreto todavía habían personas vivas. Ahí fue donde empezó el rescate de verdad, éramos muy jóvenes y yo podía estar hasta tres días sin comer, ni tomar casi agua. Recuerdo que tomábamos un café horrible, hecho con agua hervida, porque los drenajes de la ciudad estaban contaminados con sangre. Yo decía que el que fuera muy azteca se podía tomar esa agua sin hervir, pero los demás, no”.

El sismo tuvo una magnitud de 8,1 en la escala de Richter, con lo que se liberó una enorme cantidad de energía elástica acumulada luego de que las placas Norteamericana y la de Cocos, convergieran. Para que nos entendamos, según el geólogo Zoltan Czerna, el temblor liberó una energía aproximada de 9x1023 ergios lo que equivale a 1,114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una, muy parecidas a la arrojada sobre Hiroshima.

Es como si, por varios segundos angustiosos, se manifestara la furia de Dios, el final de todas las cosas. O, como recordó Monsiváis en una crónica de 1986: “Se engendra al instante una zona de desastre, el desfile de escenas confusas que se asocia con las impresiones apocalípticas. El fin del mundo. El fin de mi mundo. La gente sale huyendo de los edificios, se lanza inútilmente a los teléfonos, previene a gritos contra el uso de los elevadores, se aglomera en los hospitales, peregrina en busca de sus familiares y relata inacabablemente su experiencia”.   

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Esa mañana Xavier Velasco estaba paseando a su perro por Polanco. Tres décadas después  dice que fue un milagro que estuviese despierto porque siempre ha sido un noctámbulo empedernido. Aunque sintió un sacudón fuerte, no pensó que fuese mayor cosa. Se metió a su casa y le gritó a sus padres que aún dormían: “¡Arrepiéntanse pecadores!”, y luego se marchó riendo, rumbo a su clase de alemán, en el Instituto Goethe de la colonia Roma.

Mientras conducía por la ciudad su sonrisa se fue desdibujando hasta desaparecer. Veía edificios derrumbados por todas partes pero, como nunca ha escuchado la radio, no sabía nada y por instinto entró en una histeria autómata. Todo esto lo llevó por pura inercia hasta la clase de alemán donde el profesor, por supuesto, le gritó asombrado: “Keine schule heute”. Y, al ver su cara de confusión, le espetó: “No hay clases, no ves cómo está todo tirado”.

“En ese momento caí en cuenta de lo que había pasado. El Goethe está a media cuadra de Insurgentes y, de pronto, era un escenario dantesco donde había muertos por todas partes y gente corriendo. Pasé por casa de una amiga que vivía a una cuadra y había filas de personas afuera tomando turnos para ponerse la ropa que traían. Estaban en pijama y habían alcanzado a recoger una muda antes de que todo se derrumbara. Esperaban en la calle y miraban sus casas derrumbadas”, recuerda el autor de Diablo Guardián.

Velasco se sentía como Charlton Heston en Soylent Green (Cuando el destino nos alcance en México) en: creía que le habían cambiado su ciudad por uno de esos mundos apocalípticos de los filmes de ciencia ficción. Sin poder asimilar tanto desastre junto, quiso refugiarse en la rutina y se presentó en la agencia de publicidad donde trabajaba, en la calle Durango de la colonia Roma, frente al Palacio de Hierro. Como resulta lógico, habían suspendido las actividades.

“Laura Emilia, la hija del poeta José Emilio Pacheco, trabajaba conmigo y juntos nos fuimos a caminar por la ciudad. Durante las primeras tres o cuatro horas, era como un sueño, como que eso no podía estar pasando y no sabías qué hacer. Pero al recorrer Insurgentes donde la gente corría por todos lados, veías los coches habilitados como ambulancias y una enorme cantidad de edificios tirados, te dabas cuenta de que era un escenario infernal. Ibas mirando qué se había caído y qué quedaba en pie, esa era la noticia que andabas buscando y para eso estabas en la calle”, dice el escritor.  

A Velasco aún le quedó ánimo para volver a su casa y comer. Cuando le contó a su madre todo lo que había visto, ella se río y le dijo que era un exagerado. El joven la miró atónito y le pidió que lo acompañara a conducir por la ciudad: “Me la llevé en el coche y regresó con el alma encogida. Fue un trauma colectivo que duró muchos años porque los edificios siguieron destruidos por un largo tiempo”.

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Fueron 800 los kilómetros cuadrados que se cimbrearon por el movimiento tectónico que destruyó 250 edificios, inutilizó 50, resquebrajó 1,000 edificaciones y produjo un total de 26,000 muertos según la Cepal. De los escombros se rescataron unas 4,100 personas aproximadamente, y el Hotel Regis, la SCOP, Fonacot, Secofi, el Multifamiliar Juárez, Tlatelolco, Televisa de Chapultepec, el Centro Médico, el Hospital General, la Secretaría de Comercio y torres de telecomunicaciones se hicieron pedazos. No había agua corriente, teléfono, ni luz, ni ningún servicio: bastaron un poco más de dos minutos para volver al siglo XIX.

Fernanda Tapia tenía 18 años y era locutora de Núcleo Radio Mil. El movimiento telúrico la agarró en plena calle mientras se dirigía a Insurgentes Sur 1870, a la esquina de la radio. Apenas llegó se enteró de que todo iba mal porque la mitad del país se había quedado sin servicios de telefonía y la cadena Raza les pidió colgarse de sus equipos para transmitir.

En un mundo sin teléfonos celulares, ni redes sociales, todos escuchaban los reportes de Jacobo Zabludovsky quien tenía un teléfono en su carro y se comunicó con la radio mientras se acercaba a la zona del zócalo. Vio cómo se desplomaba el Hotel del Prado y a los primeros muertos en las calles.

“Fue terrible, terrible y nos quedamos enlazados por tres días. No se pasaba música, ni comerciales solo se decían los nombres de personas para informarles a sus familiares que estaban bien y dónde se encontraban. Otros llamaban para buscar a sus parientes porque éramos un enlace. Luego el pueblo acuñó la palabra “solidaridad” porque ellos, sin que nadie se los pidiera, se acercaron a las estaciones de radio y llevaban picos, palas, escobas y decían ¿a dónde vamos?”, cuenta la periodista.

Y Fernanda los mandaba al Centro Médico, al Conalep o Tlatelolco. Recuerda que en muchos de los sitios siniestrados habían familiares suyos así que, mientras leía en la radio lo que pasaba en el hospital Juárez, pensaba en uno de sus parientes que se salvó de milagro porque salió tarde a checar la tarjeta. O, al leer el desastre del Conalep, recordaba a su prima que logró salvarse porque una compañera suya no alcanzó a salir. No puede olvidar cuando escuchó que su productor entró a la cabina gritando que la sede de Radio Fórmula había colapsado y Sergio Rod, amigo y exmiembro del equipo, estaba entre los muertos.

“Contesté el teléfono y era la esposa de Sergio que me dijo: ‘Fernanda estoy oyendo que se cayó Radio Fórmula’. La verdad no tuve el valor de darle la noticia y se la pasé a otro compañero. Cuando se acabaron esos días aciagos, tratamos de restablecer la normalidad en la transmisión pero era imposible. Teníamos una ciudad muy cruel donde había gente que había perdido todo: identidad, familia, trabajo, casas y pertenencias mientras que a otros no les había pasado nada. Lo único que sentían era la molestia de tener que dar una vuelta más grande para llegar hasta el deportivo”, comenta con amargura.

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La escritora Laura Emilia Pacheco, hija del fallecido poeta mexicano Jose Emilio Pacheco, posa para un retrato …En la colonia Roma un hombre miraba un edificio destruido, mientras aullaba desesperadamente. Parecía un padre de familia que había salido muy temprano al trabajo y, cuando pudo regresar para ver a los suyos, se encontró con la edificación destruida. En lo alto se veían dos niños muertos en una litera que eran sus hijos. Laura Emilia Pacheco miraba estupefacta la escena, mientras su amigo Xavier Velasco la llevaba del brazo para que siguieran caminando.

“La avenida Insurgentes que es una de las más largas del mundo estaba completamente tapizada de blanco. Todos nos convertimos en fantasmas que deambulábamos en un silencio absoluto y el mundo estaba tirado en la calle. Yo trabajaba en un quinto piso sobre la avenida Mazatlán y todo estaba desparramado cuando llegué: la tinta, las maquinas, los armarios y escritorios. Cuando me asomé por la ventana parecía como si un gigante hubiera hecho boronas de pan y eran los edificios totalmente destruidos”, recuerda la escritora.

En la casa de su padre, el hogar del poeta José Emilio Pacheco, el día había empezado de forma abrupta. Laura se había levantado temprano y el temblor sucedió mientras estaba en la regadera. Su madre gritó y, al salir del baño, vio que una enorme pared repleta de cuadros se estremecía. Recuerda que uno enorme oscilaba como un péndulo y, de repente, empezó a despegarse de la pared lo que indicaba que el sismo cambió de dirección. Es decir: fue trepidatorio y oscilatorio.

“Mi padre estaba dando clases en Estados Unidos y tardamos dos días en comunicarnos con él, que ya pensaba que estábamos muertas porque no había forma de llamarlo. Además nuestra casa estaba en la colonia Condesa, justo en el límite de la zona afectada, pero en las noticias extranjeras aparecía como el centro del desastre. Finalmente pudimos hablarle, gracias a un radioaficionado”, explica Laura.

Su madre, Cristina, no salió a la calle ese día. Como la buena periodista que es, intentó asimilarlo todo antes de sentarse a escribir, además quería ver si José Emilio llamaba desde la Universidad de Maryland donde estaba dando clases. Fue una jornada rara y muy lenta, donde la gente iba pasando y dejaba noticias en las casas donde no había luz, ni agua.

La cronista tenía miedo de que algo terrible sucediera y el instinto no le falló: al día siguiente volvió a temblar a las 07:38 p.m, con una magnitud de 7.6 grados en la escala de Richter y duración de un minuto y medio. Se derrumbaron 20 edificios más y la población se sumió en un inevitable estado de pánico.
“La única manera que conseguí de salir adelante, y sentir que estábamos vivas, era escribir por la noche lo que había visto durante el día. Escribí cuentos acerca de eso, no son reportajes. El sonido del golpe de las teclas de la máquina me daba la sensación de que el mundo seguía siendo igual, eso me daba una sensación de regularidad y compañía. Además, así la casa no estaba tan silenciosa”, recuerda la veterana reportera que reunió todos esos textos en el libro Zona de desastre.

En los días siguientes Cristina salió a la calle y retomó con furor su oficio. Nada le era ajeno en medio de la vorágine y el drama que se había cernido sobre Ciudad de México. Su oído entrenado escuchaba el palpitar de los corazones, los ecos de las calles destrozadas y el íntimo lamento de las historias que le contaban.

Aún recuerda la macabra impresión que le dejó ver los perfectos maniquíes destrozados de la zona de las costureras, mientras en los cascarones vacíos de los talleres aún había personas agonizantes: “Por todas las ventanas de los edificios estaban los rollos de tela defenestrados y los maniquíes que parecían personas vivas. Lo terrible es que uno sabía que, atrás de esas figuras de material sintético, había seres humanos. Nunca podré olvidar los lugares donde estaban los niños, los hoteles de donde sacaban a las personas, y las sábanas blancas que volaban de una camilla a la otra, porque iban cayendo sobre los cuerpos”.

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Juan Villoro dice que los mexicanos tienen un sismógrafo en el alma, son criaturas telúricas con una relación especial con las fuerzas de la naturaleza. Eso ayuda a explicar la premura con que José Emilio Pacheco removió, cielo y tierra, para conseguir la forma de llegar a su hogar y ver que su esposa e hijas seguían con vida.

“Mi papá llegó como tres días después de que le hablamos, no se quedó quieto hasta que nos visitó. Venía con un estadounidense que buscaba a su esposa que estaba dando clases aquí. Recuerdo a mi padre como un hombre verdaderamente excepcional y valiente, pero ese día lo vi soltarse en llanto cuando nos miró. Fue un momento terrible”, recuerda su hija Laura.

La honda impresión de ver a su ciudad devastada, dejó una huella imborrable en el ánimo del poeta. Este trauma tuvo una catarsis estética en los versos de “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”. Allí escribió: “De aquella parte de la ciudad que por derecho/ de nacimiento y crecimiento, odio y amor/ puedo llamar la mía (a sabiendas/ de que nada es de nadie), / no queda piedra sobre piedra. / Esta que aquí no ves, que allí no está/ Ni volverá a alzarse nunca, fue en otro mundo (…) Terminó mi pasado. / Las ruinas se desploman en mi interior. / Siempre hay más, siempre hay más. / La caída no toca fondo”.

A 30 años del sismo que lo cambió todo, México se encuentra azotado por los escándalos de corrupción, soliviantado por la guerra de los narcos, conmovido por  desapariciones masivas como las de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y resiente los embates de la crisis económica mundial.

Es por ello que muchos versos de Pacheco resuenan como duras profecías: “Jamás aprenderemos a vivir/ en la epopeya del estrago. /Nunca será posible aceptar lo ocurrido/ hacer un pacto con el sismo, / olvidar a los que murieron. / Con piedras de las ruinas ¿vamos a hacer/otra ciudad, otro país, otra vida?/ De otra manera seguirá el derrumbe”.

Mixcoac, Ciudad de México.
Septiembre de 2015.