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Nicanor Parra: "La hora de sentar cabeza no llegará jamás"

IGNACIO ECHEVARRÍA | 


Nicanor Parra y Roberto Bolaño conversando en el restaurante El Kaleúche, próximo a Las Cruces, en noviembre de 1999. © Alexandra Edwards
En otoño de 1999, poco antes de viajar por vez primera a Chile, pregunté a Roberto Bolaño qué me aconsejaba leer para la ocasión.

-Nicanor Parra -me respondió, categórico.

Tomé buena nota de la recomendación, pero esperé a que Roberto continuara.

-¿Y qué más?

Roberto me respondió, esta vez con su sorna característica:

-Nicanor Parra.

Yo tenía un conocimiento difuso de la obra del antipoeta, al que había leído únicamente en antologías. La rotundidad de Bolaño me contrarió, pues yo tenía expectativas de asomarme a algo más actual, más recóndito también. Parra contaba entonces 85 años de edad. Ese hombre parecía estar allí desde siempre. Había nacido el mismo año que Cortázar, que Octavio Paz, muertos mucho atrás. ¿Cómo iba a servirme para otear el contradictorio Chile de la lenta y bochornosa transición democrática tutelada por Pinochet? (...)


En aquel primer viaje a Chile coincidí con Bolaño, que visitaba el país por segunda vez, después de veinticinco años sin pisarlo. El año anterior, él había ido a ver a Parra en su casa de Las Cruces. Así contaría luego el estado de ánimo con que acudió: “No debería ser así, pero la verdad es que estoy nervioso, por fin voy a conocer al gran hombre, al poeta que duerme sentado en una silla, aunque su silla, en ocasiones, es una silla voladora, a propulsión a chorro, y en ocasiones es una silla taladradora, subterránea, en fin, voy a conocer al autor de los Poemas y antipoemas, el tipo más lúcido de la isla-pasillo por la que deambulan, de punta a punta y buscando una salida que no encuentran, los fantasmas de Huidobro, Gabriela Mistral, Neruda, De Rokha y Violeta Parra”.

Era característica de la forma en que Bolaño hablaba de Nicanor Parra ese modo de transmitir, junto a su admiración absoluta hacia el antipoeta, el desasosiego que su actitud le producía, el vértigo que parecía generar a su alrededor. 
Ese hombre parecía estar allí desde siempre. Había nacido el mismo año que Cortázar, que Paz
Yo también visité a Parra en su casa de Las Cruces durante aquel primer viaje a Chile. Lo hice, qué suerte, en compañía de Bolaño, en una larga jornada de imborrable recuerdo para mí, en la que la complicidad y no sólo la mutua simpatía entre Bolaño y Parra dio lugar a momentos muy emocionantes. De aquella visita derivaría el proyecto de impulsar las obras completas del antipoeta, un empeño en el que yo mismo había de quedar involucrado durante toda la siguiente década, siempre con el temor de que Parra no llegara a verlas terminadas, ya ven qué tonto.

En adelante y hasta su muerte, mi relación con Bolaño, mi amistad con él, iba a quedar entretejida con ese proyecto, que ocupaba ocasionalmente nuestras conversaciones. Ya muerto Bolaño, la edición de algunas de sus obras póstumas iba a entreverarse con la de las obras completas de Parra. Mi convivencia sostenida y paralela con los textos de uno y otro iba me invitó a establecer entre ellos todo tipo de conexiones y a profundizar en las razones por las que Bolaño reclamaba a Nicanor Parra como maestro, llegando a afirmar alguna vez que toda su obra estaba en deuda con él.

Bolaño y Parra aún hubieron de encontrarse de nuevo con motivo de la última visita que Nicanor Parra hizo a España, para asistir a la inauguración en Madrid de la exposición Artefactos visuales. Dirección obligada, organizada en 2001 por la Fundación Telefónica.

Bolaño escribió el texto de presentación del catálogo de mano de aquella exposición. El texto, recogido luego en Entre paréntesis, se titula “Ocho segundos con Nicanor Parra” y es el más extenso e iluminador, también el más apasionado, que Bolaño escribió acerca del antipoeta. Habla allí de la complejidad y de la oscuridad de la apuesta de Parra, de “la sonda que proyecta Parra hacia el futuro”. Y dice: “El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado. El poeta mexicano Mario Santiago, hasta donde sé, fue el único que hizo una lectura lúcida de su obra. Los demás sólo hemos visto un meteorito oscuro”. 
Hasta el final de su vida, el modelo de Parra fue decisivo para Bolaño. Para su actitud pública como escritor
Merece toda la atención esta mención a Mario Santiago, pues puede que procure la pista a seguir para explorar a fondo los vínculos más esenciales de la obra de Bolaño con la antipoesía de Parra.

En “Carnet de baile”, texto incluido enPutas asesinas, dice Bolaño que lo primero que hizo cuando, en agosto de 1973, llegó a Chile para “participar en la construcción del socialismo”, fue comprarse una ejemplar de Obra gruesa y la caja con los Artefactos de 1972, que se llevaría con él de vuelta a México. En el mismo “Carnet de baile” escribe: “Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos y con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda”.

Hasta el final de su vida, el modelo de Parra fue decisivo para Bolaño. Lo fue para la construcción de su propia voz, pero también de su actitud pública como escritor, cuando empezó a gozar de una fama incipiente. Por su parte, Nicanor Parra es muy consciente de los efectos que su encuentro con Bolaño tuvo para él mismo. En alguna entrevista, preguntado sobre su relación con Bolaño, ha dicho: “Él fue quien me puso en órbita, ¿no?”. No fue exactamente así, pero no cabe duda de que el éxito creciente de Bolaño atrajo la atención de muchos hacia la figura del antipoeta, de quien se declaraba tan admirador.

Lo cierto es que, a pesar de su longevidad, Parra mantiene hoy una renovada centralidad en el canon literario latinoamericano, y no sólo chileno. Si bien hace ya más de medio siglo que la irrupción de la antipoesía marcó un antes y un después en la poesía latinoamericana, en la que su magisterio sigue siendo muy apreciable, de unos años a esta parte la huella de Parra se deja notar también, por las más diversas vías, en la mejor narrativa del continente, algunos de cuyos representantes más caracterizados no han dejado de manifestar la atracción que sienten por su obra y por su figura.

Parra y Bolaño (el primero doblando hoy la edad que alcanzó el segundo) constituyen dos polos, profundamente conectados entre sí, que actúan como catalizadores de las potentes energías creativas que, de sur a norte, atraviesan hoy Latinoamérica. Sus obras respectivas son vasos comunicantes que permiten escrutar los sutiles cauces por los que poesía y prosa narrativa concurren en la exploración de una lengua literaria apegada al habla común, y lo hacen movidas por una inquietud de naturaleza esencialmente política, a la vez que reflexionan sobre la vigencia de la vanguardia y redefinen sus objetivos. Todo ello sirviéndose de un acusado sentido del humor, humor negro muchas veces, nunca empleado como neutralizador de su latente agresividad, sino más bien como arma.

Hacia el final del ya mencionado texto para el catálogo de Artefactos visuales, dice Bolaño que “la poesía de las primeras décadas del siglo XXI será una poesía híbrida, como ya lo está siendo la narrativa”. Y añade: “Posiblemente nos encaminamos, con una lentitud espantosa, hacia nuevos temblores formales. En ese futuro incierto nuestros hijos contemplarán el encuentro sobre una mesa de operaciones del poeta que duerme en una silla con el pájaro negro del desierto, aquel que se alimenta de los parásitos de los camellos”.

Ya sabemos quién es el poeta que duerme en una silla. Algo sabemos también del desierto y del pájaro negro. Por lo demás, Bolaño concluye su texto citando una célebre consigna de Guy Debord:

“LA HORA DE SENTAR CABEZA NO LLEGARÁ JAMÁS”.

Que se lo digan a Parra, que lleva cumplidos cien años.(
  TOMADO DE EL CULTURAL)