Max Boot
WASHINGTON. – El martes fue uno de los días más
extraños en la historia diplomática de Estados
Unidos. Comenzó con la advertencia del presidente Donald Trump de que,
si Irán
no reabría el estrecho de Ormuz, “toda una civilización moriría esa
noche”. Terminó con Trump proclamando un alto el fuego de dos
semanas y abriendo negociaciones con Irán basadas en
la “propuesta
de 10 puntos” de Teherán”. Existe una gran confusión sobre cuáles
son esos 10 puntos, pero la versión publicada por Teherán exige, entre
otras cosas, el control iraní del estrecho de Ormuz, la retirada
militar estadounidense de la región y la aceptación del derecho de
Irán a continuar con el enriquecimiento nuclear. Condiciones que deberían
ser absolutamente inaceptables para cualquier administración
estadounidense.
Aún no está claro qué sucedió exactamente ni cuáles serán las
consecuencias. El miércoles, Irán amenazó con retirarse del acuerdo si
Israel no cesaba sus ataques contra Hezbollah en el Líbano. Pero, incluso
si el alto el fuego se mantiene, es imposible tomar en serio las
afirmaciones de los partidarios de Trump de que su acto de “locura” le
dio a Estados Unidos una victoria en la guerra de cinco semanas.
Es cierto que Irán sufrió daños económicos y militares considerables, pero siguió siendo capaz de lanzar un promedio de 85 drones y 37 misiles al día. También es imposible creer la jactancia de Trump de que el cambio de régimen –uno de sus objetivos bélicos iniciales– ya se ha producido. Sigue siendo el mismo régimen nefasto de siempre, aunque los que están en el poder hayan cambiado.
A pesar de la afirmación de Trump de que “Estados Unidos, en
colaboración con Irán, desenterrará y eliminará todo el uranio enriquecido
enterrado”, no hubo indicios de ningún acuerdo real para retirar casi
450 kilos de uranio enriquecido de Irán. Tampoco hubo ningún
acuerdo por parte de Irán para poner fin a su apoyo a grupos regionales como
los hutíes, Hamas y Hezbollah.
Y, por supuesto, Irán sigue teniendo la capacidad de
controlar, al menos por ahora, qué barcos transitan por el estrecho
de Ormuz, algo que no hacía cuando comenzó esta guerra. Lejos de prometer
romper el control iraní sobre una de las arterias estratégicas más vitales del
mundo, Trump habló el miércoles de asociarse con Irán para cobrar
peajes, violando así el compromiso estadounidense de siglos de antigüedad
de mantener la libertad de navegación en todo el mundo.
Mantener abiertas las rutas marítimas fue el principio que
impulsó a la naciente república estadounidense a librar las Guerras Berberiscas
contra los estados piratas del norte de África a principios del siglo
XIX. Si ahora se abandona el compromiso de Estados Unidos de mantener
despejada una vía marítima internacional como el estrecho de Ormuz para
los buques de cualquier nación, esto representaría una derrota
significativa y costosa. Un peaje impuesto por Teherán al tráfico
marítimo podría generar decenas de miles de millones de dólares en
ingresos para el régimen iraní, dinero que podría destinarse a la
reconstrucción de su industria armamentística.
Es obvio lo que sucedió: Trump se metió en la guerra
esperando una victoria rápida y no estaba preparado para la voluntad y
la capacidad de Irán de atacar a los estados del Golfo Pérsico y cerrar el
Estrecho de Ormuz. En un análisis exhaustivo de los orígenes de la
guerra, The New York Times informó el miércoles que Trump
“había descartado esa posibilidad” del cierre del estrecho “bajo el supuesto de
que el régimen capitularía antes de que eso sucediera”.
Cuando esa apuesta no dio resultado, Trump debió buscar
desesperadamente alguna manera de obligar a los iraníes a abrir el estrecho,
sin éxito. El
Departamento de Defensa envió fuerzas terrestres estadounidenses a
la región, pero no las utilizó. Probablemente Trump calculó que el riesgo
de bajas era demasiado grande si Estados Unidos intentaba ocupar
territorio iraní, aunque fuera temporalmente.
El presidente amenazó entonces con ataques aéreos
estadounidenses contra la infraestructura eléctrica y los puentes de Irán,
emulando al general Curtis LeMay durante la guerra de Vietnam, prometió
bombardear Irán hasta reducirlo a la Edad de Piedra. Tampoco cumplió su
amenaza, probablemente porque Irán había prometido tomar represalias contra
la infraestructura energética e incluso las plantas desalinizadoras en los
reinos del Golfo Pérsico. Si Irán lo hubiera hecho, la crisis energética
mundial –ya la peor de la historia– podría haberse vuelto catastrófica.
Con los precios de la nafta disparándose y su índice de
aprobación en caída libre, Trump sin duda intuyó que el público estadounidense
tenía poca paciencia para un conflicto prolongado y costoso con Irán. Por ello, buscó una salida
precipitada, envuelta en una cortina de humo de discursos duros.
En cierto modo, su estrategia recuerda los intentos del presidente
Richard M. Nixon y el secretario de Estado Henry Kissinger por poner fin a la
guerra de Vietnam.
En octubre de 1972, Estados Unidos y Vietnam del Norte
alcanzaron un acuerdo de paz unilateral: Estados Unidos se comprometió a
retirar todas sus tropas de Vietnam del Sur, mientras que el Vietnam del Norte
comunista conservó 150.000 soldados en el sur. Sin embargo, Hanoi se mostró
reacia a aceptar incluso este acuerdo favorable.
Así pues, Nixon ordenó el “bombardeo navideño”, bombardeando
Hanoi con bombarderos B-52. Vietnam del Norte firmó entonces los Acuerdos de
Paz de París en enero de 1973. Un asesor de Kissinger bromeó: “Bombardeamos
a los norvietnamitas hasta que aceptaron nuestra concesión”. Lo que en realidad
equivalía a una rendición estadounidense quedó así camuflado, al menos
temporalmente, por las belicosas palabras y acciones de Nixon.
De manera similar, Trump puede fingir que sus
escalofriantes amenazas obligaron a Irán a rendirse, cuando, de hecho, hasta
ahora ha cedido más que los mullahs. Esto no fue una victoria para Estados
Unidos, pero terminar la guerra ahora, antes de que el daño empeorara aún más,
seguía siendo la opción menos mala. Haciendo honor al ahora famoso acrónimo
de “Trump siempre se acobarda” (Trump Always Chickens Out), el
mundo recibió la última entrega de TACO con un suspiro de alivio.
La Nación – Texto tomado de yahoo noticias en español.
