El aventurero, natural de la localidad ourensana de Amiudal,
vivió 12 años en la selva
CARLOS PORTOLÉS / B. P.
La historia comienza en una pequeña aldea de la provincia de
Ourense. Amiudal, perteneciente al ayuntamiento de Avión, no llega a los
doscientos habitantes. Un paseo por sus pequeñas calles no presenta indicio
alguno de que se está pisando el lugar de nacimiento de un rey. Uno que exhaló
sus últimos suspiros hace casi noventa años, entre las plantas silvestres y los
ríos arremolinados del Amazonas. Por nombre, Alfonso Graña. Alto y desgarbado.
Un chico analfabeto de pueblo que lucía unas gafas que le conferían un falso
aire de poeta vanguardista. Entre gallinas y labranzas se crió un soñador, un
explorador nato. Como todo aspirante a descubrir el mundo, Alfonso abandonó con
prontitud las cuatro paredes que contuvieron su niñez.
Fue uno de los muchos de su generación errante que se embarcó
rumbo a las Américas. Primero posó pies en Brasil, para más adelante
cruzar la frontera hacia Perú. Llegó a la ciudad de Iquitos con
la idea hacerse un hueco en la industria cauchera. Pero una profunda crisis del
sector frustró sus expectativas mercantiles. Con poco que ganar, y aún menos
que perder, Graña se adentró en las fauces gorjeantes del Amazonas acompañado
de un amigo y compatriota suyo. Esperando encontrar oro en pepita, acabó
cruzando temerariamente el territorio de los huambisas, tribu indígena
perteneciente al pueblo de los jíbaros.
Reinado improbable
A pesar de que hay versiones divergentes de la historia, la
más verosímil y aceptada es la presentada por el escritor Maximino
Fernández Sendín en su libro Alfonso I de la Amazonia. Sendín expone que,
en aquel primer encuentro entre Alfonso y las tribus amazónicas, hubo un
enfrentamiento en el que el compañero de Graña fue asesinado.
Sin embargo, la vida del de Amiudal fue perdonada, pues,
según se cuenta, la hija del jefe de la tribu se encariñó de él y quiso
desposarlo en matrimonio. Las oportunas nupcias que fueron la salvación del
gallego, también fueron su vehículo hacia la aristocracia indígena.
Fallecido el monarca de los nativos, fue Alfonso, como marido
de su hija, el que heredó la destacada posición de gobernante. Así fue
como, con la inestimable mediación del azar, un muchacho ourensano se
convirtió, de facto, en líder de la milenaria tribu de los huambisas. Vivió
entre ellos hasta su muerte en 1934. Fue pionero en establecer una
ruta comercial desde las profundidades de la jungla hasta Iquitos a través del
río Marañón. Con balsas construidas por él mismo, remontaba las aguas hasta la
urbe cargado de jugosas mercancías selváticas y las vendía obteniendo pingüe
beneficio. También fue docto (y autodidacta) en la extracción de sal.
Aprovechando el caudal de un río salino cercano, construyó una rudimentaria
pero eficiente planta desalinizadora capaz de extraer hasta 50 kilogramos al
día, lo que multiplicaba por cinco la capacidad de producción de los indígenas.
Con el tiempo, Graña acabó siendo respetado no solo por los
huambisas, sino también por varias tribus colindantes como los aguarunas, lo
que le permitió mediar en varios conflictos y minimizar el número de
enfrentamientos armados en la zona.
Su influencia se extendía por un vasto territorio con una
superficie equivalente a (en palabras del célebre Víctor de la Serna) «Andalucía,
Extremadura y Castilla la Nueva, juntas». Su autoridad fue reconocida por
varios organismos internacionales, y cuando alguna empresa extranjera quería
hacer misiones de reconocimiento en aquel extremo del Amazonas, negociaba
directamente con Alfonso su paso por aquellas tierras.
Una vida de muchas vidas. El muchacho de pueblo, el astuto
comerciante y el justo monarca convivieron bajo un solo rostro, por nombre
Alfonso Graña.
Cesáreo Mosquera, escudero y escribiente
Cesáreo Mosquera ha sido a menudo descrito como un
personaje excéntrico y peculiar. Otro emigrante gallego en tierras
peruanas. Regentaba la célebre librería Amigos del País, que durante años
fue un lugar de encuentro para los extranjeros que habitaban la ciudad de
Iquitos. Conoció a Alfonso en una de sus muchas misiones comerciales. Desde que
sus caminos se cruzaron, Mosquera se interesó hondamente por las peripecias
vernianas de su compatriota, y dado que Graña llegó a América siendo
analfabeto, se ofreció a dejar por escrito su historia. Gracias a esta
meticulosa labor de escriba, existen documentos y transcripciones que permiten reconstruir
con aceptable precisión la peripecia del aventurero de Amiudal.
La sombra del explorador, 90 años después
El surco de la canoa de Alfonso Graña sigue
reverberando en las bravas aguas del río Marañón. Décadas después de su
muerte, su recuerdo sobrevuela los verdosos horizontes del Amazonas. Envueltos
en un halo de misterio, los mayores cuentan historias remotas de un gallego que
un día fue rey de la selva. Los huambisas y los aguarunas,
las dos tribus con las que Graña trabó sincera amistad, siguen habitando la
zona oriental de la Amazonia peruana. Llevan años elevando la voz contra la
explotación y la deforestación de sus tierras, y en los últimos tiempos han
sido tristemente notorios por los continuos enfrentamientos en la zona, a
cuenta de las protestas derivadas del conflicto. Hace apenas una década, otro
gallego de maleta fácil fue agraciado con el cariño y el respeto de los pueblos
originarios. Se llama Antonio Abreu, y a principios de este siglo realizó
hasta siete viajes al Perú para tratar de encontrar a los descendientes
perdidos de Alfonso Graña.
En sus numerosas expediciones, pudo descubrir una cultura que
le abrió los ojos y la mente a una forma de vivir en peligro de extinción.
Desde entonces, hizo suya la causa de la defensa del entorno natural y de los
derechos de los pueblos indígenas. Su hijo, quien le acompañó en la última
travesía amazónica, cuenta con emoción cómo su padre se ganó el afecto de todos
cuantos se cruzaron en su camino durante sus apasionantes viajes y aventuras.
Desde su infancia, jugando con sus amigos entre los matorrales del parque Castrelos de Vigo,
Antonio ya soñaba con caminar algún día las verdes sendas del Amazonas. Nueve
décadas después de la muerte de Graña, hay dos pisadas gallegas en el corazón
de la selva.
Tomado de La Voz de Galicia / España