Se publicó su libro más reciente,
"Cooperación o extinción"
Para el lingüista, filósofo y
politólogo estadounidense, la clave reside en la movilización popular y
constante. “El activismo puede llegar a ser muy influyente",
sostiene.
Por Silvina Friera / Página 12
La inminencia de la extinción es uno de los ejes centrales que aglutina al activismo del siglo XXI. Los niveles de carbono en la atmósfera, más elevados que en cualquier punto anterior de la historia humana, aumentaron con celeridad hasta más de cuatrocientas partes por millón, muy por encima de las trescientas cincuenta partes por millón hasta las que se considera que el nivel es seguro. La destrucción de la vida en la Tierra no es un relato apocalíptico, producto de la desmesurada imaginación medioambientalista o de un grupúsculo perturbado de la comunidad científica. “Cada año, cerca de treinta millones y medio de personas se ven obligadas a desplazarse por causas de desastres naturales como inundaciones y tormentas; se trata de una de las consecuencias vaticinadas del calentamiento global y significa casi una persona por segundo, es decir muchísimas más de las que huyen por causa de la guerra y el terrorismo. A medida que los glaciares se derritan y el nivel del mar aumente, algo que hará peligrar los suministros de agua de un vasto número de personas, estas cifras seguirán aumentando”, advierte Noam Chomsky, lingüista, filósofo y politólogo estadounidense, uno de los activistas más influyentes del mundo, en Cooperación o extinción (Ediciones B).
El libro --que se puede leer junto
a En
llamas de Naomi Klein—despliega una recopilación de textos que
surgieron a partir del “Encuentro con Chomsky”, celebrado en Boston a
mediados de octubre de 2016, en el exterior de la histórica iglesia
de Old South, donde se congregó una multitud de jóvenes que se
extendió a lo largo de dos manzanas. La charla de aquella tarde tenía
el título de “Internacionalismo o extinción”. El cuerpo principal del
libro lo constituye el discurso original del autor de Hegemonía o
supervivencia, Estados fallidos y ¿Quién domina al
mundo? Entre los materiales se incluye la transcripción de una
conversación en el mismo encuentro con Wallace Shawn, un activista
comprometido, más conocido como dramaturgo y actor; y las preguntas que
formularon los que asistieron al encuentro con las respuestas de Chomsky.
Además de la emergencia climática, los otros dos temas fundamentales fueron la
amenaza nuclear y el peligro que entraña el debilitamiento del sistema
democrático en todo el mundo.
Chomsky, que nació en Filadelfia el 7
de diciembre de 1928, adquirió su primera conciencia política estimulado por
las lecturas en las librerías de los anarquistas españoles exiliados en Nueva
York. Tenía once años cuando publicó su primer artículo sobre la caída de
Barcelona y la expansión del fascismo en Europa. Su activismo político arrancó
con la movilización contra la guerra de Vietnam. Si entonces llamó la atención,
fue porque como profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de
Massachusetts (MIT), él pertenecía a una universidad que investigó bombas
inteligentes y técnicas de contrainsurgencia para la guerra de Vietnam.
Para Chomsky extinción e
internacionalismo están asociados en “un funesto abrazo” desde una fecha
precisa: 6 de agosto de 1945, cuando el presidente de Estados Unidos ordenó los
bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. A partir de aquel fatídico día la humanidad
entró en una nueva era: la era atómica. “Lo que no se percibió entonces es que
surgía una nueva época geológica que hoy conocemos con el nombre de
Antropoceno, la cual viene definida por un nivel extremo de impacto humano
sobre el entorno”, explica el lingüista estadounidense y agrega que la era
atómica y el Antropoceno constituyen una amenaza dual para la perpetuación de
la vida humana organizada. “Está ampliamente reconocido que nos
encontramos en un sexto período de extinciones masivas; el quinto, hace
sesenta y seis millones de años, se atribuye por lo general al impacto de un
gigantesco asteroide contra la superficie de la Tierra, lo que supuso el final
del 75 por ciento de las especies del planeta. Este acontecimiento puso fin a
la era de los dinosaurios y allanó el camino al apogeo de los pequeños
mamíferos y, en última instancia, de los humanos, hace unos doscientos mil
años”.
Hace tiempo que la capacidad de los
seres humanos para destruirse unos a otros a escala masiva está fuera de duda.
El Anthropocene Working Group confirma que las emisiones a la
atmósfera de CO2 (dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero de
origen humano) están aumentando a la tasa más elevada existente en sesenta y
seis millones de años. Aunque Chomsky no se detiene a analizar cada uno
de los datos disponibles, pone el foco en algunos aspectos alarmantes. “El
deshielo de los glaciares del Himalaya podría acabar con las reservas de agua
de toda Asia Meridional, es decir, de varios millones de personas. Solo
en Bangladesh se espera que en las próximas décadas emigren decenas de millones
por la única razón del aumento del nivel del mar, debido a que se trata de
una planicie litoral costera. Será una crisis de refugiados que hará
insignificantes las cotas actuales, y se trata nada más que del comienzo”,
aclara el lingüista estadounidense y recuerda que los Acuerdos de París,
alcanzados en la COP 21, en 2015, supusieron un desarrollo a los esfuerzos
internacionales por evitar la catástrofe. Debería haber entrado en vigencia en
octubre de 2016, pero la mayoría republicana en el congreso, conocida por su
sistemático negacionismo, no estuvo dispuesta a aceptar ningún compromiso
vinculante.
Entonces acabó saliendo un acuerdo
voluntario que Chomsky califica como “mucho más flojo” por el cual se llegó a
una resolución para reducir de forma gradual el uso de hidrofluorocarburos
(HFC), gases de efecto invernadero supercontaminantes. El Partido
Republicano es la organización “más peligrosa en toda la historia de la humanidad”
para el lingüista estadounidense. La envergadura de la ceguera es tan
preocupante que Chomsky elige un fragmento para estimular el debate y a la vez
sorprender: “No puedo imaginar límites a la osada depravación de los tiempos
que corren, en tanto los agentes del mercado se erigen en guardia pretoriana
del Gobierno, en su herramienta y en su tirano a la misma vez, sobornándolo con
liberalidad e intimándolo con sus estrategias de opciones y exigencias”. Esta
cita la pronunció James Madison en 1791, varios años antes de convertirse en el
cuarto presidente de Estados Unidos (1809-1817).
No se puede esperar que las
soluciones lleguen de los sistemas de poder organizados, estatales o
privados. Para Chomsky la clave reside en la movilización popular y un
activismo constante. “El activismo popular puede llegar a ser muy
influyente, lo hemos visto una y otra vez; el compromiso de los activistas
desde hace cuarenta años ha puesto los problemas medioambientales en la agenda
política, quizá no lo suficiente pero, con todo, de forma crucial y
significativa”, reconoce Chomsky en una parte de Cooperación o
extinción. Claro que del dicho al hecho hay un largo trecho. El
propio autor revela cómo a pesar del cambio drástico en el mundo posterior a la
Segunda Guerra Mundial una gran parte de la población se mantuvo como antes:
tradicional en lo cultural y premoderna en muchos sentidos. “Para el
40 por ciento de los ciudadanos estadounidenses, el trascendental problema de
la supervivencia de la especie no es demasiado relevante, ya que Cristo va a
regresar entre nosotros en un par de décadas, de manera que todo quedará
resuelto. Insisto; hablamos de un 40 por ciento”, resalta Chomsky para no
perder de vista la importancia que tiene la religión en una porción
significativa de la ciudadanía estadounidense.
Chomsky comenta un libro de Arlie
Hobschild (Strangers in Their Own Land), una socióloga que se fue a
vivir a un área pauperizada de Luisiana durante seis años para estudiar a los
habitantes desde dentro. Se trata de la zona profunda pro-Trump del país. “Los
productos químicos y otros elementos contaminantes derivados de la industria
petroquímica están causándoles graves daños, pero se oponen por completo a la
Agencia de Protección Medioambiental (…) Ven a la Agencia como un grupo de
gente de ciudad con un doctorado, que va hasta allí y les dice cosas como que
no pueden pescar, pero que a la industria petroquímica ni le chistan. Así que,
¿qué utilidad tiene? No les gusta que les quiten el trabajo y les digan con su
acento culto lo que pueden y no pueden hacer, mientras que ellos se ven
asediados por toda la situación”, plantea Chomsky como ejemplo para que los
activistas conozcan las profundas razones y reticencias que tendrán que
vencer. En el reto sin precedentes por la supervivencia de la
civilización no hay tiempo que perder.
