¿Cuándo dejaremos de ser seguidores de líderes carismáticos y
empezaremos a ser ciudadanos? Desear que le vaya bien a un presidente, de Nayib
Bukele a Andrés Manuel López Obrador, también implica criticarlo cuando falla.
Por Diego Fonseca* / The New York Times.
*El autor es
escritor y periodista.
WASHINGTON —
Miles, millones de personas han abrazado la fe y se golpean el pecho de amor y
orgullo cuando ven a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Evo Morales o
Cristina Fernández.
Son las
masas: los creyentes. Votan gobiernos abiertamente autócratas o autoritarios y
en ocasiones de vocación totalitaria que recortan derechos y flamean soluciones
milagrosas (e imposibles). Y lo hacen porque, por fin, los han escuchado. No
importa si son candidatos misóginos, xenófobos y racistas; mentirosos y
corruptos; sectarios y violentos. El enojo y frustración de esas masas de votantes
creyentes al fin encontró justificación: alguien les dice lo que querían oír.
El resultado:
la calidad democrática de nuestros países no ha mejorado con los mesianismos.
En nombre de una entelequia que llaman “pueblo” y solo existe en tanto les rinda
culto, muchos de los nuevos líderes de los últimos treinta años se han cargado
instituciones, gobiernos, economías, futuros. Trabajaron para convertir a
ciudadanos en devotos.
Pero hay
camino. A las democracias latinoamericanas no las salvarán sus jefazos sino
algo más pedestre: nosotros. Sus ciudadanos.
Vivimos
tiempos turbulentos. La política de los sentimientos patea en el piso al
racionalismo. Podemos explicar mil veces qué está mal, y dará igual: mientras
un elector sienta que el líder lo representa —incluso con caos y brutalidad—,
seguirá idealizándolo.
Y todo
mesiánico saca provecho de la fe de las masas para perpetuar su credo
personalista sin importarle el daño que produzca a la calidad democrática.
¿Para qué división de poderes si es más práctico cuando uno solo decide? Síganme,
no los voy a defraudar, reclamaba uno. Créanme,
pedía Trump. Si no me votaron, no tienen igual derecho a criticarme, sugirió
Andrés Manuel López Obrador. Dios me pidió paciencia, apostoló Bukele.
Pues bien,
hay límites a la fe ciega y esas fronteras las dibujan colectivos e individuos
que cuestionan, reclaman derechos y piden cuentas cuando desde el poder se les
pide —u ordena— silencio, obediencia o fe. Al cabo, la mejor inteligencia,
defendía Susan Sontag, tiene naturaleza crítica, dialéctica, escéptica y
compleja.
Cuesta
entender cómo, con tanta agua corrida bajo el puente de la Historia, puede
haber tantos que eligen creer antes que hacer su trabajo como ciudadanos:
criticar, exigir, demandar más y mejores derechos. No comprar una sola palabra
de un demagogo. Dudar.
No es que no
lo hayan hecho, claro: si votaron al líder mesiánico para vociferar su cabreo
con el statu quo es innegable que se activaron como
ciudadanos. ¿Pero por qué bajaron la guardia? ¿Por qué decidieron que ya no era
necesario seguir movilizados? ¿Por qué renunciar a la voz, la identidad
personal y zambullirse en un colectivo anonimizado?
Sin duda hay
una verdad incómoda detrás: si las masas aman a esos líderes es porque todo lo
demás que debía funcionar, falló. Partidos, burocracias, políticos,
organizaciones intermedias. Nadie hizo —bien— cuanto debía hacer. El fracaso
del aparato de partidos para gestionar la demanda social nos dio a Trump,
Bukele, Jimmy Morales, Hugo Chávez, Evo Morales y siguen las firmas.
Ningún líder
carismático nació por generación espontánea. Lo parieron las contradicciones de
nuestras sociedades y los fracasos de un sistema político que ha ensanchado la
brecha de la desigualdad y olvidado la agenda social que prometía jubilaciones
justas, salarios dignos, salud pública, empleos. Es un enojo pragmático que
llevó al líder al poder, pero no debe parar una vez que el líder llega al
poder.
Whatsapp y
Twitter han ayudado a millones en el mundo a ganar las calles para exigir
resultados y cambios. Funciona. En la Guatemala de
2015, miles de ciudadanos exigieron la renuncia de su
presidente y vicepresidenta por corrupción y lo lograron. En Argentina, las
mujeres llenan plazas para reclamar sus derechos reproductivos y están a punto
de cambiar la legislación del aborto. En Bolivia, miles salieron a pedirle a
Evo Morales que dejara de perpetuarse en el poder. Desde hace meses en México
reclaman el fin de los feminicidios.
Reclamar lo
justo en la calle —y en las redes, los congresos, los clubes y más— es un acto
de ciudadanía. Cuestionar es vital para desactivar la operación masificadora de
la creencia. Pero también es necesario que los líderes reflexionen ante la
visualización del reclamo. Cuando el líder responde convocando a su pueblo a
defenderle de la crítica, niega importancia al disenso. No pocos, además,
inoculan a las masas el odio por el distinto. Los mesiánicos son buenos para
crear enemigos donde nada más hay adversarios políticos y ciudadanos exigentes.
Pues bien,
señor votante del Amado Líder: sentirse representado por un mandatario no quita
su responsabilidad primaria de vigilar al poder como ciudadano. Señalar pasos
en falso, molestarse con errores, advertir contradicciones. La ciudadanía no se
agota en el voto. Si su trabajo es “transformar” México, hacer que Brasil sea
grande otra vez, que Argentina salga de su cíclica crisis económica, Venezuela
recupere la cordura, Nicaragua, la humanidad o El Salvador no sea corrupto,
nuestro trabajo es empujarlos a que lo hagan.
Debemos vencer
esa maldita fe de las masas. Sacudir al devoto. Mudarnos de “el pueblo” —esa
palabra hueca que revolean desde López Obrador a Fernández de Kirchner— a
“ciudadanos”. Los redentores que ofician de presidentes no son dioses ni
figuras marginales: son individuos comunes que han sido elegidos por otros
individuos comunes para que cumplan el trabajo que prometieron. Les dimos el
poder, ahora hay que obligarlos a que laburen. Para todos.
Hay margen,
porque nada dura para siempre. Las masas no responden todo el tiempo solo a
la promesa de amor del mesías. Nuestros hijos no comen carisma. El líder es
líder mientras da resultados. Cuando falla sistemáticamente —como aquellos a
los que desplazó—, la ruptura del enamoramiento monolítico corroerá su poder.
La dialéctica del amor entre las masas y el líder acaba cuando las personas
comparan y cuestionan. Empecemos
a hacerlo.