Por Sandra Russo
Hay vidas aceleradas y extraordinariamente consistentes, como
la de Franzt Fanon, que dejan más que obra. Dejan iluminaciones. Casi siempre
se lo recuerda por su libro casi póstumo, Los condenados de la tierra,
porque fue un faro de época. El libro es de 1961. Tiempos de choques violentos
y soluciones armadas. En la época más agitada de su vida, ya psiquiatra
recibido en Lyon, Fanon se fue a ejercer a Argelia y al poco tiempo se integró
al Frente de Liberación Nacional Argelino, que combatió contra los franceses y
ganó la independencia en 1962, un año después de la prematura muerte de Fanon.
Fue un miliciano con muchos fundamentos. A los de todos los demás, a los que ya traía con él desde su politización caribeña, en esos años sumó los que relevó en su vida profesional: atendió a colonos y colonizados, a víctimas y victimarios, a blancos y a negros, a torturados y torturadores.
Además de haber sido en ese sentido también un innovador en
materia de tratamientos --introdujo un punto de vista que a lo biológico y a lo
psicológico le sumó lo cultural, y cambió el hospicio como un centro de
reclusión para darle la vida de las actividades colectivas, de granja y
artísticas--, Fanon escuchó y supo aún más profundamente de lo había sabido
siempre: que había una locura de la colonización, cierto desequilibrio mental
en la crueldad del colonizador, y otro en el colonizado. Ya a mediados de los
50, Fanon advierte que gran parte del problema consiste en que el colonizado
“le cree” al colonizador mucho más de lo que parece, aunque lo odie. Y que el
colono convierte su presunta superioridad en un delirio que debe sostener pese
a las evidencias y a sus propias percepciones.
Pero el colonizado cree con una fe que ni siquiera le pertenece.
Le cree porque habla en francés; porque sobre la piel negra y lastimada,
esclavizada, abusada sin reparo, el colonizador depositó un lenguaje que el
colonizado asume como “verdadero”. Quizá se rebela contra él, quizá no sea
consciente, pero es la propia lengua la que se encarga todo el tiempo de
mantener tensas las cuerdas de la dominación, porque el colonizado piensa el
mundo y se piensa a sí mismo con las herramientas que le ha dado quien lo
domina. Y ahí descubre Fanon que yace la base de esa superioridad delirante del
opresor, y la creencia en ella también del colonizado.
En el libro que escribió en esa década, Piel Negra,
máscaras blancas, Fanon todavía no habla, como en Los condenados de
la tierra, del proceso africano como mosaico de luchas descolonizadoras que
fracasan. Habla por primera vez de la piel, de la negritud. De eso que está a
la vista y sin embargo ha sido encapsulado por el francés para hacerlo todavía
y todo el tiempo más evidente y hasta determinante: cada negro que habla francés
o siente que debe hablarlo lo más correctamente posible, está consintiendo que
su negritud es inferior a los verdaderos dueños del lenguaje.
Uno de los maestros de Fanon en Martinica, que es donde había
nacido, Aimé Casaire, poeta y luego presidente, es considerado el autor del
concepto de negritud. Fanon admiraba a Cesaire, un poeta que había transmitido
política pero también poéticamente que era necesario volver a pensar en la piel
y sentirse hombre o mujer desde el cuerpo, y no desde la lengua.
“Oh cuerpo mío, haz siempre de mí un hombre que interrogue!”,
es la frase de Cesaire con la que Fanon cierra el libro.
Traspasa a Marx, va más allá de la clase y se detiene en la
piel. No para saludarla como reservóreo de las herramientas para ir hacia un
mundo mejor, sino en un sentido más literal: Fanon cayó en cuenta que era
negro, que era algo que tenía que repetirse a sí mismo, que era algo de lo que
él a veces se olvidaba pero los blancos jamás. Fanon había tenido una
experiencia límite al respecto.
Había sido un joven negro colonizado. Su mente había estado
colonizada. Cuando el gobierno pronazi de Vichy se estableció en Martinica y
revictimizó a su población, Fanon decidió irse a Francia y unirse a la
Resistencia para luchar contra los nazis. Participó de una batalla en Alsacia
que fue clave en la reconquista, fue condecorado por eso, pero cuando se
recuperó París, para el desfile de recibimiento, los soldados negros fueron
separados y mandados a esperar a La Provenza. Francia, la Francia de la
resistencia, no quería mostrar un triunfo en el que habían participado negros
de las colonias.
A pesar de haber sufrido el racismo desde su nacimiento,
Fanon había hecho lo que todos los que lo sufren desde ese momento: lo había
naturalizado. Debe haber habido cierto orgullo en formar parte de esos
pelotones que enfrentaron a los nazis y los derrotaron. Un orgullo que redobló
la humillación hasta hacerla insoportable cuando los de su mismo color de piel
fueron separados porque llegó la orden de “blanquear” el regimiento.
A su regreso a Martinica Fanon ya no es el mismo. Y observa
que las burguesías locales prósperas que la potencia colonizadora avala serán
siempre el dique contra el que chocarán los pueblos. De hecho, la única colonia
que logró su independencia fue Haití. Y de ahí el castigo.
Fanon, en sus apuntes y también visionariamente, advierte que
colonización y patriarcado van trenzándose en un mismo movimiento, y que es
precisamente el patriarcado lo que teje complicidad entre el colonizado y el
colonizador. Blancos y negros a expensas de las mujeres.
Lúcido, disrruptivo, de una audacia intelectual poco
frecuente, Fanon llega a expresar que la lucha por la descolonización nunca
será posible si no es desde la piel y desde el lenguaje, pero además advierte
que la conciencia de la negritud debe servir para todas las emancipaciones, no
solo la de los negros. Porque no hay piel ni género superior. Eso es lo que él
ve y testimonia, y a lo que Jean Paul Sartre se refiere en el prólogo de Los
condenados...: Fanon estaba interpelando todo, diciéndoles a negros y a
franceses que volvieran en sí, que despertaran de esa alucinación de la
colonia, porque sólo alucinando podía seguir aquello en pie.
El despertador era la política. Porque como escribió su
maestro Cesaire, y Fanon repitió, “politizar es inventar almas”.
Tomado de Página 12 / Argentina.
